domenica 24 maggio 2020

tr33: Isabel: Capitúlo 18.

B. Home  Serie Televisive Spagnole: ⇉  Cap. 32° ↔ Cap. 34°.
Sommario:

Isabel - Capítulo 18

La segunda temporada de 'Isabel¿ ofrece un nuevo capítulo en el que la reina habrá de viajar a la convulsa Sevilla para imponer orden y justicia. Allí, además, se someterá a una intervención para concebir el heredero que tanto desea. ¿Será posible? La ficción histórica de TVE, protagonizada por Michelle Jenner y Rodolfo Sancho, logró el pasado lunes récord de espectadores en la segunda temporada, con casi 3,8 millones de seguidores.
Pacificada Castilla la Vieja, la reina viaja a la convulsa Sevilla para imponer orden y  justicia. Allí debe enfrentarse a los responsables del caos en la ciudad: el Duque de Medina-Sidonia y el Marqués de Cádiz. En Sevilla, Isabel toma conciencia del problema que representan los falsos conversos y, también allí, el médico judío Lorenzo Badoz le diagnostica su mal ginecológico y sugiere una pequeña intervención. Beatriz de Osorio, sobrina de Beatriz de Bobadilla, se incorpora a la Corte. La joven, dulce y amable, se convierte en confidente de Isabel pero demuestra un interés inusitado por el rey. Mientras, en el reino nazarí de Granada, el emir Muley Hacén se enamora de Isabel de Solís, una cautiva cristiana. Por amor desafía a Castilla. La actitud del emir alarma a la celosa Aixa, la esposa y madre del heredero Boabdil.

Pacificada Castilla la Vieja, la reina viaja a la convulsa Sevilla para imponer orden y  justicia. Allí debe enfrentarse a los responsables del caos en la ciudad: el Duque de Medina-Sidonia y el Marqués de Cádiz. Isabel ha de emplearse a fondo para contrarrestar el poder de los aristócratas.
En Sevilla, Isabel toma conciencia del problema que representan los falsos conversos y, también allí, el médico judío Lorenzo Badoz le diagnostica su mal ginecológico y sugiere una pequeña intervención. Es posible que pueda poder concebir ese hijo que tanto anhela. ¿Será verdad?
Beatriz de Osorio (Sara Rivero), sobrina de Beatriz de Bobadilla, se incorpora a la Corte. La joven, dulce y amable, se convierte en confidente de Isabel pero demuestra un interés inusitado por el rey.
Mientras, en el reino nazarí de Granada, el emir Muley Hacén (Roberto Enríquez) se enamora de Isabel de Solís (Nani Jiménez), una cautiva cristiana. Por amor desafía a Castilla. La actitud del emir alarma a la celosa Aixa (Alicia Borrachero), la esposa y madre del heredero Boabdil (Álex Martínez).




2044990 
 Transcripción completa.
Hay que atraer a aquellos cuya lealtad aún vacila,
y también a los que han luchado en nuestra contra.
¿Y permitir que su traición quede impune?
Castigadlos.
La reina está dispuesta a honraros con un cargo en la Corte:
recaudador mayor del reino.
¡Judío, cabrón!
¡Deja de robarnos y púdrete en el infierno, hideputa!
Tal vez ha llegado el momento
de... retirarme y reunirme con mi esposa.
¿Por qué no se me ha comunicado nada?
Así lo pedí yo. No habléis, ahorrad fuerzas.
Busquemos otras alianzas: vayamos a Madrid,
veamos a Carrillo y al marqués de Villena,
aún son poderosos.
El alcaide sigue sin dar muestras de interés
por capturar a los agresores de Abraham.
Tenéis mi consentimiento para obrar en consecuencia.
Ya no sois el alcaide de Segovia.
Os presento a vuestro sustituto: don Pedro de Bobadilla.
¿Convendría a vuestra honra ser duque de Béjar,
además de recibir otras compensaciones?
Mantendríais el título, pero vinculado a otro dominio.
Solicito que me ayudéis a convencer a don Diego Pacheco
para que cese su rebeldía a la Corona.
Guardad esos documentos, no pienso firmar.
Haced que la reina me nombre alcaide, y no volverán a robaros jamás.
El pueblo se ha levantado en armas contra el Alcázar.
Mi hija...
¡Ayuda!
Quiero presentaros al nuevo arzobispo de Zaragoza:
vuestro hijo, Alonso de Aragón, primogénito de Aldonza de Iborra.
¿Qué necesidad había de meteros en tales enredos?
La de todo hombre que se precie de serlo:
la de protegeros, a vos y a mis hijos.
Por vuestra rebeldía a la Corona os condeno a morir bajo el verdugo.
Quiera Dios que vuestra muerte sea la del último noble
en oponerse a mi reinado.
¡Prendedle!
Preferís que Aragón lo gobierne un bastardo,
¿qué tenéis contra mi mujer e hija?
¡No consentiré que una mujer herede mi reino!
Bastante tengo con aguantar las trabas que me pone la vuestra
sirviéndose de vos.
Juro obediencia y lealtad a la reina Isabel.
Considero que mi hijastro, don Juan de Portugal,
es el esposo que la reina de Castilla merece.
Así, aprovechando la visita del príncipe,
no pondré traba alguna a nuestra cordial relación,
dejando la puerta de mis aposentos permanentemente abierta.
Soy Beatriz de Braganza,
tía de vuestro hijastro el príncipe Juan.
No pondré en la misma balanza un acto de felonía y abuso de poder.
Sin embargo, os desposeo de vuestro cargo,
y os exijo que devolváis hasta el último maravedí.
A la vez, tengo a bien nombrar alcaide de Segovia
a don Gonzalo Chacón y Martínez del Castillo.
Escuchó hasta la última de vuestras palabras.
Abandonó este mundo sabiendo de todo vuestro amor.
Subtitulado por TVE.
Mi corazón soporta mal estas visitas,
en las que apenas habéis llegado, os tenéis que marchar.
Duele más sabiendo
que pronto estaremos más lejos que nunca uno de otro.
No dejéis de escribirme,
con más razón si este encuentro ha dado el fruto que tanto ansiamos.
Temo que viajes tan largos no dejen que la semilla se asiente.
Me reuniré con vos en Sevilla,
y seguiremos intentándolo.
Llaman a la puerta
Es Catalina,
insiste en que sus remedios me dejarán en cinta
si se aplican al poco de yacer.
Catalina es buena mujer, pero de Galeno tiene poco.
No hay prisa.
Mis tropas esperan.
Cuidaos como si mi vida dependiera de la vuestra,
porque así es.
Llaman a la puerta
Con tanta impertinencia, habrán de salir gemelos.
Sí, mi señor.
Este remedio vuestro, ¿cuánto me tendrá encamada?
Espero a un caballero.
¿Confiáis en mí tan poco como vuestro esposo?
No os ofendáis,
pero recurro a vos porque muchos físicos
no gustan de tratar asuntos de mujer.
Volveré a quitároslas, si es que no lo habéis hecho antes.
Alteza, ¿queríais verme?
Acercaos.
Sabéis que nada me ofende más que ser burlada.
Lo que hicieron mi padre y mi esposo no tiene perdón.
Toda mi vergüenza no basta para pagar por ello.
Dejad que sea Andrés quien pague con su destierro.
¿Tanto os incomoda verme que no habéis podido venir sola?
Esta joven es mi sobrina, Beatriz Osorio.
Supuse que no desearíais mi compañía en el viaje,
y me he permitido buscaros una acompañante.
¿Cómo ibais a acompañarme en vuestro estado?
¿Pensáis que no me enteraría de que estabais embarazada?
Temía pecar de insensible.
Sé de vuestros esfuerzos para quedar en cinta.
Me apena que os guardéis vuestras alegrías,
pues también son mías.
Bastante hemos sufrido en los últimos tiempos.
No hacía falta que trajerais a nadie,
pero gustosa aceptaré a vuestra sobrina.
Quién sabe si este remedio da fruto y necesito cuidados en el embarazo.
Yo tal vez pueda daros una solución.
Cuando supe que ibais a Sevilla, recordé a un físico que allí vive:
Lorenzo Badoz.
¿Badoz, judío?
Trató a una prima mía que todos daban por yerma.
Id a verle, confiad en mí.
Si ya estáis a mi servicio,
entregad esas cartas al mensajero real,
haced el favor.
Sí, señora.
Tengo otro mensaje que enviar, lo llevaréis vos.
Decid a vuestro esposo que podrá volver a Segovia
para el nacimiento de su hijo.
(Emocionada): Gracias.
Llaman a la puerta
Mi señora,
el caballero que esperabais ha llegado.
Antes de volveros,
sabed que tres años de contienda han hecho mella en mi lustre.
Mi señora, en nada habéis cambiado, salvo por la corona.
Que la corona no os impida tratarme como solíais;
hoy en día pocos lo hacen, y lo echo en falta.
Sé que habéis luchado en mi bando, os lo agradezco.
Confío en que no haya heridas bajo vuestras ropas.
Cuando uno lucha por un rey que no conoce,
puede tener dudas al empuñar el acero,
pero mi espada sabía a quién defendía, y no falló.
Las batallas van quedando atrás,
ahora debemos afianzar la victoria,
reclamar las fortalezas que aún no se han entregado.
¿Y cómo puedo serviros en este empeño?
Cuando los rebeldes de Extremadura dejen de ser una amenaza,
partiré a Sevilla.
Debéis prepararos, vais a descubrir un mundo nuevo.
Lo mismo opina el cardenal.
Lo que me llega es confuso:
nobles que dicen ser mis aliados
se resisten a entregarme sus fortalezas.
Son leales a vos, pero poco dados a perder lo suyo.
El duque de Medina Sidonia y el marqués de Cádiz
llevan años disputándose Sevilla;
pedirán compensaciones.
Voy con ánimo generoso y buena voluntad.
Necesito que vayáis por delante.
A mi llegada quiero saber lo que de verdad ocurre,
no lo que me quieren hacer ver.
No os defraudaré.
Campanas
Qué mejor lugar que un monasterio para encontrarnos en paz.
Mi señora.
Habéis de saber que espero mucho de esta visita.
Yo también, si os soy sincero.
La contienda con Portugal se apaga,
es el momento de que la Corona recupere
el mando mando de cada fortaleza,
y con ellas, de cada villa.
¿Y cómo puedo contribuir?
El alcaide de Trujillo se niega a entregar la suya,
pues dice responder solo ante vos.
No es culpa mía si hombre me es leal a toda costa.
Lo sé,
pero no os concedí el perdón para daros descanso,
sino para que me sirvierais.
Aprovechad la lealtad que os profesa y conseguidme la fortaleza.
Me sería más grato obedeceros
si no sintiese que abusáis de mi rendición.
He perdido Almansa, Yecla, Chinchilla, Villena, Madrid...
Y aún no habéis visto un maravedí a cambio, es cierto.
La reparación llegará, creedme.
Pero solo cuando sienta
que acatáis mis órdenes de buena gana.
Trujillo será entregado a quien vos propongáis.
Os lo agradezco.
Vuestra disposición me anima a encargaros
que ordenéis derribar
todas las torres rebeldes de la región.
Demasiada resistencia a reconocer mi victoria,
demasiado cerca de Portugal. ¿He de ser yo quien lo ordene?
Os estoy dando la oportunidad de compensar un pasado
que otros no os perdonarían jamás.
He de dejaros.
Antes de partir,
no olvidéis visitar la tumba de vuestro hermano Enrique.
¿Queréis que os muestre dónde reposa?
Ya que es la primera vez en tres años que venís a verle.
No os molestéis,
rezar junto a él es lo primero que he hecho
al llegar a Guadalupe.
Mi señora, creo que estoy soñando, ¿qué hace este paraíso en la nada?
Alteza, confío en que me recordéis,
pues fui uno de los primeros en mostraros lealtad en Segovia,
cuando fuisteis proclamada.
¿Quién es?
El duque de Medina Sidonia.
Sed bienvenida
a la tierra más hermosa de vuestro reino,
que hoy luce como una corona
en la que se engarza al fin la piedra más preciosa:
vos.
Adivinando vuestra fatiga y la de vuestro séquito,
me permito ofreceros un modesto alivio.
Os lo agradezco,
estábamos a punto de desfallecer.
Mirando por vos, pedí al sol que cesara en su rigor,
pero le tiene demasiado apego a mi tierra,
de la que apenas se aleja.
Busquemos la sombra.
Gracias.
Os alojaréis en mi residencia sevillana,
que estos días será vuestra.
Esta tarde he dispuesto una corrida de toros para distraeros.
Poco me gustan esos espectáculos salvajes.
Pero celebro tanta generosidad,
pues significa que me entregaréis las fortalezas
sin bregar por ellas.
Nada me complacería más que satisfacer vuestra petición,
pero me temo que no será posible;
quedaría desprotegido ante el marqués de Cádiz.
Espero que disimuléis vuestro rencor hacia Isabel.
Poco la maldigo
para como nos ha tratado a los Pacheco.
Humilló a mi padre y ha arruinado a mi hermano.
Y casó con aquel al que vos aspirasteis,
por eso debéis respetarla; os ha ganado en tres ocasiones.
Mucho protegéis a esa miserable.
Solo evito agrandar mi desventaja con Medina Sidonia,
tengo mi pasado en contra.
Os perdonó haber apoyado a Juana, ¿o es que no os fiais de su palabra?
El perdón no me libra que reclame mis propiedades.
Ilustrísima,
la reina ha entrado en la ciudad por el arco de la Macarena.
¿Ya? ¿Cómo es posible?
Iba acompañada del duque de Medina Sidonia.
Maldita sea.
Reverencia.
Como arzobispo de Sevilla y viejo amigo,
os doy la bienvenida a esta ciudad que tanto necesita vuestra presencia.
Alteza.
Almohadas de terciopelo, tapices de Flandes,
joyas italianas que acunarán vuestra belleza
y perfumes de las Indias,
que dejarían en nada al más potente filtro de amor.
Un presente más propio de mancebas.
Mi último obsequio.
Apenas llega a los 20 años,
como es nacido en Lisboa, entiende el portugués,
cumplirá a la perfección todas vuestras órdenes.
Probadlo, decidle que os sirva en algo.
Si os asusta su tez, tengo esclavos de piel clara.
¡Señora! -Alteza, por favor.
Por grande que sea vuestro poder, no compitáis con el sol de Sevilla.
¿Quién sois vos?
Es Lorenzo Badoz, alteza, el físico que os recomendó mi tía,
yo le he hecho llamar.
No deberíais haber actuado sin mi permiso,
no he de ponerme en manos de cualquiera.
Decidme, alteza, ¿tenéis problema para quedar preñada?
¿Quién os ha dado permiso
para hablarme con tanta desvergüenza?
Si os han recomendado mis tratamientos,
será para que os ayude a concebir, es mi mejor talento como físico.
Os agradezco que me hayáis recuperado del vahído,
pero de ahí a confiaros mi vientre...
Cada moneda que aquí veis,
es un hijo nacido de madres que se creían gastadas,
gracias a mis remedios.
¿Cuántas veces habéis concebido, alteza?
Dos,
una con fortuna y otra sin ella.
Antepuse mis deberes a mi salud y a la de mi hijo.
Como súbdito me alegra saber de vuestra entrega al reino,
¿pero acaso las labradoras abandonan su labor
por quedar en cinta?
Y pocas traen al mundo menos de cinco hijos.
Decidme, ¿nadie cuidó de vos después de vuestra pérdida?
Guardé cama y bebí hierbas de montaña.
Entonces, alteza, el misterio queda resuelto.
Hay que limpiar vuestro claustro materno,
y, sin duda, no tardaréis a concebir.
Bebed su caldo para purgaros antes de la operación.
¿Acaso he aceptado?
¿Acaso no deseáis tener más descendencia?
Decidme antes,
¿esta operación es propia de cristianos?
Mi señora, hasta hoy no encontré diferencia
entre las entrañas de un judío y las de un gentil.
Así como tampoco de la cura que reclaman.
"In nomine Patris, et Filli, es Spiritus Sancti...".
De poco sirve santificar las hierbas y no al hereje,
a saber qué os ha dado.
Es saúco,
como el que se cuelga en las casas para ahuyentar al maligno.
¿Y quién os dice
que lo que el cristiano emplea para librarse del diablo,
el judío no lo usa para convocarlo?
Beatriz nunca me habría puesto en malas manos.
Alteza, la concepción de un heredero no es asunto ligero.
Los judíos mataron al hijo de Dios,
¿por qué iban a respetar al de una reina?
Vos qué opináis.
Que el alma se la confiéis a Nuestro Señor Jesucristo,
y el cuerpo al físico que menos muertos tenga en su haber.
Decidme,
¿en verdad el duque me ha obsequiado con un africano,
o lo he soñado?
Temo que no fue ningún sueño, alteza.
¿Vais a aceptar tal presente?
Nunca se me ocurriría esclavizar a un hombre,
¿pero qué hacer
con el que por naturaleza ha nacido esclavo?
Un hombre puede ser súbdito de otro,
pero poseerse unos a otros es rivalizar con Dios.
Por eso el Altísimo es generoso
con quien le devuelve el alma de un esclavo.
¿Es cierto?
Según vuestra hermana Leonor ansiáis ceñiros la corona de Navarra.
Me ha escrito quejándose, ¿no es así, Peralta?
Sabéis que mi título más preciado es el de príncipe de Gerona.
Y por muchos años.
Pero ya que Navarra linda con Castilla, Aragón y Francia,
tengo interés en ocuparme de sus asuntos,
lo admito.
Hacedlo pues, pero con mesura,
al menos mientras sigáis siendo príncipe y yo rey.
No os inquietéis, padre.
Castilla no desea entrar en disputas ni con vos, ni con mi hermana,
ni mucho menos con Francia.
¿Aún teméis que el rey Luis de Francia
ceda ante Portugal?
Llevanmeses negociando en vano.
Si Alfonso no regresa es para evitar el bochorno de su derrota.
La tibieza de Francia no será eterna.
Sin embargo, una oferta generosa podría garantizar que el rey Luis
no interviniera a favor de Portugal.
Sabéis de su voracidad, ¿qué pensáis ofrecerle?
El cese de vuestras incursiones en el Rosellón y la Cerdaña.
Padre, debemos pactar con Francia.
¿Pedís que renuncie a las aspiraciones de mi reino
para pacificar el de vuestra esposa?
Solo durante un tiempo, el necesario para afianzar la paz.
No podéis pedirme que desista del empeño de toda una vida.
Ya lo hicisteis al buscar el apoyo de Francia
en la guerra catalana.
¿Qué diferencia hay? ¡Que lo hice por el bien de Aragón!
Más nunca perjudicaré a mi reino
por más que de ello se pueda beneficiar Castilla.
¡Castilla, Castilla..., siempre Castilla en vuestra boca!
Insisto, padre, tan solo por un tiempo.
Ya,
el poco que me queda antes de morir.
Hijo mío,
no pienso traicionarme a estas alturas.
Poca cosa he podido averiguar por las buenas.
Todos están al servicio de los grandes
y tiemblan cuando se les pide que suelten prenda.
Pero traéis noticias.
Temo que no vayan a complaceros.
La situación en Sevilla es peor de lo que pensaba,
aquí el crimen campa a sus anchas.
¿No hay aguaciles que velen por la seguridad?
Sí, pero son escasos y no dan abasto.
Los asesinos huyen de la ciudad sin que nadie les juzgue.
¿Y quién protege a los sevillanos?
El marqués y el duque deberían,
pero lo único que protegen es su patrimonio.
Mi intención era ser generosa, os lo prometo,
pero me obligan a impartir castigos.
Aguardad a estar segura de poder doblegarlos.
¿Por qué tanta cautela?
No todo su arsenal se guarda en las fortalezas conocidas,
gran parte se guarda en secreto, oculto a su rival.
A su rival y a la Corona; es de una deslealtad intolerable.
¿Dónde están esos arsenales?
Aún no no sé, pocos conocen su paradero.
Si tuviera más hombres a mi mando,
o mayor riqueza para instaurar una hermandad...,
pero aparte de autoridad, de poco más dispongo.
Buscad un traje de gala, quiero que vengáis a la fiesta.
Mi señora, soy un soldado, de cortesano poco puedo serviros.
Venid os digo,
la fiesta disimulará mi primera ofensiva.
Su alteza, la reina.
¡Viva la reina! -(Todos): ¡Viva, viva!
Alteza.
Parece ser que el marqués al fin se ha dado cuenta
de que la reina está en la ciudad.
Qué decepción se llevará cuando vea que es Isabel,
y no "la beltraneja".
Alteza, es un gran honor conoceros al fin.
Os presento a mi familia.
Vuestras hijas son hermosas, dignas de su madre.
Desconocéis, supongo,
que aunque hijas de mi marido no lo son mías.
Alteza, aunque espurias, me siento orgulloso de ellas,
y dudo que os causen reparo,
pues vos legitimasteis a los hijos del cardenal Mendoza.
Para que yo pase por alto mis escrúpulos,
vos tendríais que haberme servido tanto como él.
Os presento a un buen amigo, don Diego Susón, alteza,
comerciante hábil como pocos en Sevilla.
Mi señora, nadie más feliz que yo de vuestra visita.
Temo que eso en Sevilla no tiene gran mérito.
No veo en vuestra servidumbre el esclavo que os regalé.
Aquel hombre ya es libre, pero agradezco vuestro obsequio,
pues liberándolo, según mi confesor, he asegurado el perdón de mi alma.
De igual modo, si liberáis vuestras fortalezas,
obtendréis la indulgencia real.
Con el debido respeto,
sin mis fortaleza estaría dispuesto a las beligerancia del duque.
Si la enemistad es la excusa de ambos,
os pido que la zanjéis ahora mismo.
Prometo recompensaros,
y ser igualmente generosa con los dos.
Convendréis conmigo, mi señora, que no es justo que un leal
reciba el mismo trato que quien luchó contra vos.
(Golpe). Mi lealtad a la reina, aunque reciente,
es tan firme como la vuestra.
¡Silencio!
Celebro tener testigos de que no me dejáis otro camino.
Señor duque, en nombre de la Corona tomo este alcázar a mi servicio.
De igual modo, marqués, vuestra fortaleza más querida,
aquella que poseéis en Jerez.
No obtendréis por ellas compensación alguna,
si no me entregáis el resto de vuestros fortines.
¡Sois insaciable!
¡Hasta cuándo padecerá mi familia de vuestra codicia!
Disculpad, alteza a mi esposa, el vino la deslengua.
Y disculpadme a mí también, he perdido el apetito.
Deteneos.
No estoy de ánimo para más agravios.
¿Ánimo decís?
la reina me ha echado de mi propiedad,
¿acaso no estamos juntos en este trance?
No pensaba juntarme con vos hasta llegar al infierno.
Ni yo tampoco,
pero prefiero vivir amenazado por vos
que humillado ante ella.
En eso estamos de acuerdo.
No podemos tolerar que la reina haga de Sevilla su hacienda.
¿Cómo pensáis detenerla?
¿Con vuestra ayuda?
Ambos tenemos algo que ella no tiene:
la ciudad en nuestras manos.
¿Padre, es necesario?
Sonreíd y sed respetuosa.
Alteza, antes de despedirme,
dejad que compita con los demás regalos
con mi más preciada joya:
mi hija Susana,
que ansía convertirse en vuestra dama.
Nadie se desprende de lo que más ama,
siquiera por un tiempo, sin buscar algo a cambio.
Consideradlo un presente en agradecimiento
por vuestra forma de manejar al marqués y al duque.
Y por las esperanzas que tal contundencia me da.
Los conversos sabemos
que solo un poder fuerte garantizará nuestra seguridad.
¿Acaso os sentís en peligro?
Como siempre, cuando el hambre aprieta,
se culpa al indefenso del abuso de quien puede defenderse.
Ya ni siquiera creen sinceras nuestras conversiones.
Yo siempre confiaré en un alma arrepentida,
que conoce a Cristo y se entrega a Él.
¿Habéis educado a vuestra hija en la fe católica?
Así es, mi señora.
Soy cristiana, devota, y leal a vos.
Sed bienvenida a la Corte.
Miradla, padre, parece elevarse sobre el resto.
Encargaos de ella.
¿Dónde vais, Isabel? ¡No importunéis a la reina!
Mi señora.
Mi padre y yo hemos viajado desde Martos
para declaraos nuestro afecto más sincero.
Sabiendo de la peligrosidad de los caminos,
agradezco vuestro gesto.
Disculpad a mi hija, alteza,
su osadía es fruto de la admiración que siente por vos.
Con deciros que ha pospuesto su enlace
para venir a conoceros...
Habré causado un gran enojo a su prometido.
Nada que no podáis compensar bendiciendo nuestro matrimonio.
Por supuesto, os bendigo y os deseo felicidad.
Cuán diferente es todo en Sevilla.
A la sombra de edificios espléndidos como nunca antes vi,
abundan los malhechores que burlan nuestras leyes.
Pero es en los palacios donde habitan los de peor calaña.
Aquellos a cuyo amparo los otros roban y matan.
Nobles poderosos a costa de envilecer a nuestros súbditos.
De tal felonía habrán de responder,
pero muchos trabajos nos aguardan antes de domeñar a los desafiantes.
A mi lado quisiera teneros,
pues me falta vuestra sabiduría
tanto como echo de menos vuestros abrazos.
Se abre la puerta
Alteza, antes de que partáis,
sabed que no tardaría en llegar a Francia
para entregar al rey Luis vuestra oferta de paz.
Humildemente me ofrezco a salvar ese escollo.
¿En contra de la voluntad del rey?
No entendáis mi ofrecimiento como una traición,
pero... vuestro padre gobierna con el corazón,
y a la paz solo se llega reinando con la sesera.
Hago mías vuestras palabras.
Pero no puedo negociar en nombre de Aragón a sus espaldas,
obtendría la paz para mis reinos,
pero perdería la mía propia.
El privilegio de un rey es poder errar sin ser corregido.
Obediencia, Peralta.
¿Creéis que la reina me guardará en su recuerdo?
No sé de joven que combine como vos el descaro y el encanto.
Nadie que os conoce os olvida, hija mía.
No se lo digáis a mi futuro esposo,
o me guardará de la vista de otros.
Huid, huid antes de que nos rodeen.
¿Y dejaros solo?
Que Dios nos proteja.
Tomadlo, vale lo que diez caballos.
(Grita). -¡Soltadla!
¡No, padre!
¡Padre!
La reina ni siquiera mira las maravillas que la han regalado,
¿no las aprecia?
Cuando paséis más tiempo en la Corte,
descubriréis que prefiere otros divertimentos:
la lectura, los paseos por el jardín...
Para que eso os entretenga habéis de venir de un convento.
A mí la Corte se me antoja un sueño, sabiendo la vida de Medina.
Mi padre me había prometido con un caballero al que no amaba.
¿Ese caballero vuestro era pobre, contrahecho,
tenía verrugas de la cabeza a los pies?
Incluso la reina, tan presa de sus deberes,
exigió casar con aquel que aprobase su corazón.
Y así haré yo,
me entregaré de por vida al poseedor de las virtudes que anhelo.
¿Para eso estáis aquí,
para conocer al hombre de vuestros sueños?
Puede que tengáis razón,
no es mal lugar para que una dama conozca a su caballero.
Si Dios quiere, solo si Dios quiere.
Sabed que vuestro agravio a mi grandeza y a la del marqués
ha sido tal que hemos convenido renunciar a los deberes
que hasta hoy cumplíamos con la ciudad.
No seremos por más tiempo
garantes de la seguridad y el orden en Sevilla.
¿Qué pretenden?
¿Enojaros más?
No,
no es mi ira la que desean alimentar.
Si el caos se torna insoportable, los habitantes me culparán de ello.
Alteza, temo que el tiempo para la prudencia terminó.
Querido Gonzalo,
¿no veis que me han dado la solución poniendo la ciudad en mis manos?
Sevillanos,
es por mí conocido que en esta villa
se acumulan los agravios no castigados,
y el hambre que nace del desorden.
Durante años, insensibles a vuestro sufrimiento,
los caballeros que debían guardaros como hijos
os han descuidado para atender sus riñas
y para aumentar sus patrimonios.
Más no hay padre que abandone sin madre que acoja.
Cada viernes daré voz a quien tenga queja.
Aquí, en vuestra presencia, impartiré justicia.
Porque Sevilla es Castilla, y Castilla es justicia.
Que el agraviado espere mi comprensión,
no así el criminal mi benevolencia.
Alteza,
mi nombre es fray Alonso de Ojeda,
soy prior de los dominicos de Sevilla.
Más no he venido ante vos como siervo de Dios,
sino de esta pobre mujer víctima de un robo,
y a quien su rudeza impide explicar su queja.
Hablad por ella, entonces.
Esta humilde pastora encargó unas alforjas a un menestral.
Este avaricioso las cobró antes de hechas,
y como cabría esperar,
hasta hoy no hay rastro de las alforjas
ni del dinero entregado.
¿Quién es el menestral que acusáis?
Un judío, alteza, ¿quién si no?
Su nombre es Adán, alteza,
y yo estoy dispuesto a hablar por él,
pues lo conozco bien.
Moisés, esperaba encontraros en Sevilla,
pero me sorprende veros defendiendo a un ladrón.
El taller de Adán fue atacado semanas atrás
sin más razón que el odio contra su fe.
Hubo de levantar de nuevo puertas y ventanas
para proteger sus bienes.
Con el dinero de esta pobre cristiana.
La comunidad judía saldará la deuda sin tardanza.
¿Admitís pues que ese hombre eludirá la justicia real?
No lo hará.
Que saldéis su deuda os honra,
mas nadie, sea cual sea su fe,
escapará de mi sentencia.
A ello me comprometí en Burgos y lo he de cumplir.
¿Y cuándo serán juzgadas también las herejías?
Fuente de todo crimen.
¿Qué sentido tiene que quien ofende a Dios
no sea condenado por ello?
Y sí por robar alforjas.
No prestéis oído a este exaltado,
sabed que desde su púlpito os critica por tener a conversos de consejeros.
¿Qué daño hace aquel que ha aceptado a Cristo?
Alteza,
los conversos solo tienen de cristianos el disfraz.
Su misión es infectar nuestra religión desde dentro
hasta acabar con ella.
¡Que Dios se apiade de una Castilla benevolente con los herejes!
Refrenaos, padre prior,
no estoy aquí para ser juzgada, sino para impartir justicia.
Ordeno que ese tal Adán sea traído ante mí.
¿Cómo podéis vestir hábitos y estar tan lleno de odio?
Un hombre de Dios no debería reprenderme
por defender con celo la fe.
Hemos de proteger nuestro credo, sí,
pero también propiciar la fraternidad.
Amaos los unos a los otros.
Escuchándoos no es de extrañar que la violencia reine en la ciudad.
Predico la verdad, nada más.
¡Habláis desde el prejuicio!
Es difamación decir que los conversos judaízan.
Pedidles que consuman carne con leche,
se negarán.
Ved cómo celebran la iniciación de sus jóvenes.
Hay quienes incluso circuncidan, y nada se hace contra ellos.
Cómo pedir a nuestros fieles que cumplan como cristianos,
mientras se tolera a quienes violan nuestras creencias.
La rabia de los cristianos viejos es justa...,
irá a más,
y no habrá paz sin condenar al hereje.
(Lloran).
Mi señora,
me preocupa lo sucedido en vuestro tribunal.
No puedo proteger a los judíos si rechazan mi justicia.
Decidme,
¿no es cierto que a un judío
le condenan más los prejuicios que las leyes?
La desconfianza no es razón suficiente,
solo yo soy fuente de justicia.
¿Qué ocurriría si mis súbditos ignorasen las leyes del reino?
Los conversos acudimos a los tribunales cristianos,
sin embargo, ese dominico nos calumnia.
¿Le someteréis también a vuestras leyes?
El mayor castigo que puede sufrir es ser ignorado,
cosa que haré con gusto si se acatan mis mandatos.
Alteza, tened por seguro que Adán será traído ante vos.
Mi señora, llegó el momento.
Aún estáis a tiempo de echaros atrás.
(Suspira): Hacedle pasar.
Os noto muy dispuesta, alteza.
Poco miedo queda tras vivir una guerra.
¿Qué sois, un físico o un matarife?
No os preocupéis, asustan más que daño causan.
¿Y ese brebaje, qué hierbas son?
¿Las que atraen los demonios que ahuyentó el saúco?
Así me va a ser difícil conservar el pulso, alteza.
Catalina, esperad fuera. Señora...
Catalina.
Pensad tan solo en el hijo hermoso que tendréis.
Esto hará que la molestia sea mínima.
Tenéis que acabarlo, alteza.
Estoy perdiendo la razón, ¿qué me habéis hecho?
(Alucina): Los espíritus...,
los espíritus... me llevan.
Descorren cerrojo
¿Cómo habéis hecho para evitarme el daño?
Si os soy sincero,
pocos físicos dispensan dormideras fuertes,
pero a mí me disgusta ver sufrir a quien trato.
¿Necesitaré más cuidados para quedarme en cinta?
Tan solo os daré un consejo:
disfrutad del acto, alteza.
No es receta ligera ni indigna de vuestro título.
Comprobado está que yacer sin amar da menos frutos.
Mi confesor opina que el disfrute atrofia la semilla,
porque desvía el propósito del matrimonio.
O lo sabe por propia experiencia, y entonces mal religioso sería,
o habla sin saber.
Por lo que mejor será no seguir su consejo.
Presumís mucho de vuestra maestría, ¿dónde la aprendisteis?
Me enseñó mi padre.
Ya sabéis que a los judíos nos está prohibido el acceso
a los estudios generales.
Ahora reparo
en que vos no vestís el emblema que ha de lucir todo judío.
Los físicos de la Corte estamos dispensados, alteza.
Os presentáis solo,
me comprometí a traer a Adán ante la reina.
No he dado con él, ha desaparecido.
Lo tenéis escondido.
¿Con qué derecho nos exponéis a las iras de la reina?
No voy a consentir que sea sentenciado dos veces;
en la Aljama ya lo han juzgado, y muy duramente.
Eso no apaciguará a su alteza, al contrario.
Decidme dónde se encuentra o no pararé hasta encontrarle.
No pienso complacer a la reina.
Hace buenos a quienes la precedieron, cree tener una misión que cumplir,
y nosotros, Susón, somos su ofrenda a Dios.
Vos seguís a Jesucristo y aceptáis poner la otra mejilla,
yo aún creo en el ojo por ojo.
¿Cómo os encontráis?
Catalina nos ha dicho que pasasteis la noche en vela.
¿Aún sentís malestar?
Si me desvelé es porque mi ánimo anda revuelto,
debido a la llegada de mi esposo.
Os burlaréis de mi desazón, siendo ya casada.
Mi señora, no os avergüence tener fortuna en el amor.
A saber qué virtudes tendrá el rey para que os haga suspirar así.
Susana, cómo os atrevéis.
No pasa nada, está bien.
Fernando es..., le quiero más de lo que imaginé.
¿Pues es tierno con vos?
Colmaría a la mujer más consentida.
¿Valiente? Más que ningún otro,
pero sin la imprudencia de los necios.
Hablar de mi esposo me ha dado brío.
Vestidme, no pospondré más tiempo mis quehaceres.
(Emocionada): El rey está aquí.
Os presento a Susana Susón y a Beatriz Osorio,
sobrina de Beatriz de Bobadilla,
tan servicial y encantadora como prometió su tía.
Bienvenidas a la Corte.
Sedlo vos, alteza. -Sedlo vos, alteza.
Me he hecho acompañar por Beltrán por escapar de la soledad del viaje.
Lo celebro,
es muy necesario llenar la Corte con gente de confianza.
Magnífico palacio,
no es de extrañar que os hayáis asentado en Sevilla.
Lo que me retiene aquí poco tiene que ver con el disfrute.
El desorden es infinito;
los nobles aún resisten y el pueblo me teme.
Hacer lo correcto trae más enojos que aplausos.
Confiad en vuestros métodos, quizá os falte paciencia.
Altezas, un caballero insiste en veros.
Me avergüenza presentarme de este modo,
pero sé que solo vuestra ayuda conseguirá salvar a mi hija.
Tiemblo al pensar que esa joven haya pagado tan caro el verme.
El emir no se conforma con las sisas,
llena sus arcas con el secuestro de cristianos.
Las razias son cotidianas.
¿Y no habéis tenido noticias de vuestra hija desde entonces?
Eso me angustia sobremanera, pues no es usual.
Al rapto suele seguir la exigencia a un rescate.
Vuestra villa es castellana, y tenéis derecho a habitarla en paz.
Os dejamos desprotegidos,
es nuestro deber devolveros a vuestra hija.
El reino de Granada es vasallo de Castilla,
y por ello ha de pagar los tributos.
Concederemos una prórroga a cambio de su liberación.
Beltrán, partiréis de inmediato.
Gracias, alteza.
Venís solo y a estas horas,
¿tan poco apego le tenéis a vuestra vida?
Somos los únicos hombres a salvo en toda Sevilla,
no vamos a atacarnos el uno al otro.
¿Qué queréis?
Vuestra idea de dejar en manos de Isabel
la justicia de Sevilla
hace que vuestros hombres y los míos huyan o acaben colgados.
Vivimos en la villa más poblada del reino,
¿qué más da que se marchen unos miles?
Temen más a la reina que a vos y a mí juntos.
¿Quién va a arriesgarse sabiendo del pulso con ella?
Sin hombres para servirnos, no tardaremos en arruinarnos.
¿Qué va a ser de nuestros negocios?
No cederé hasta que la reina desista de su empeño.
¿Y acaso la veis dispuesta?
Bien sabéis que no,
por eso voy a intentarlo con el rey, ya que está aquí.
Entre hombres sabremos entendernos.
Dicen que son uña y carne.
Si os equivocáis, temo que acabemos perdiéndolo todo,
incluso la cabeza.
¿Algo más?
Vuestro esposo va a morir de amor, alteza.
Traedlo.
Podéis retiraros.
Estáis tan hermosa...
Hacéis que un rey se sienta vasallo.
Entonces, os ordeno
que no os separéis de mi por largo tiempo.
Obedeceré con gusto.
¿Vuestro aroma qué tiene?
Ni los jardines más floridos huelen como vos.
¿Gastáis perfume?
Sabéis que eso no sería propio de mí,
pero dicen que cuanto más prendado está el hombre,
más se deleita en el olor de su amada.
Entonces, he de estar loco por vos.
¡Hermano!
Bienvenido.
Me alegro de veros, Diego,
aunque no parece que vos sintáis lo mismo.
Siento no poder guardar para mí este ánimo sombrío.
Llevo semanas derribando torres de villas leales,
y obligando a hombres de mi confianza a humillarse, rindiéndose ante mí.
Maldita sea la reina.
Mal habéis hecho en venir aquí,
Sevilla la sufre ahora como a una peste.
por favor, Beatriz, dejadnos a solas.
Así que pronto me acompañaréis en la desgracia.
Me sorprende ver en vos tanto derrotismo.
¿Por qué no os rebelasteis ante sus órdenes?
Ya he aprendido que no es posible ni sensato.
Yo me he negado a entregarle mis fortalezas,
y a todas menos una, todavía las puedo llamar mías.
Sabéis que no soy enemigo fácil, ni hombre de poco orgullo.
Creedme cuando os digo que con Isabel solo hay dos maneras:
perder antes
o perder después.
Alteza,
desea veros mi padre, el comerciante Diego Susón.
Hacedle pasar.
Mi señora, aquí le tenéis,
Adán, el hombre cuya presencia demandabais.
Me disgusta que no vengáis por voluntad propia.
Sabed que en Castilla no hay más justicia que la mía.
Por tanto...
Por tanto, os condeno a abandonar la ciudad,
y a buscar la fe verdadera en aquella que os acoja.
Marchaos, marchaos todos.
Susana,
limpien esto,
la sangre de ese hombre.
Alteza,
me temo que es vuestra.
Bien avisé que ese judío solo la traería desgracias.
Como ese físico la haya malherido, no tendrá tiempo de convertirse.
¡Qué demonios le habéis hecho a mi esposa!
Alteza, de estado de vuestra esposa solo tenéis culpa vos.
Al fin, un nuevo hijo, Fernando.
¿Y la sangre?
No siempre es mal síntoma.
Temía que os hubiese ocurrido algo,
aún tengo el corazón en vilo.
Disculpadme por haberos hablado así.
Seréis bien recompensado;
habéis contribuido al futuro del reino
más que otros de mayor rango.
Sevilla ha merecido la pena,
puede que llevéis dentro al heredero de dos reinos,
aquel que unirá Castilla y Aragón en uno solo.
Puede que también sea una niña.
Quizá, pero en todo caso vuestro vientre está curado,
y antes o después, el niño llegará.
¿De qué fiesta os he sacado? El duque de Medina Sidonia
nos ha invitado en su palacio a una corrida de 20 toros,
pero no dejaré ir en vuestro estado.
El duque sabe
que tales espectáculos me desagradan.
Os quiere solo a vos, creo adivinar.
Los reyes de Castilla os exigen la liberación de su súbdita:
Isabel de Solís,
a quien tenéis cautiva.
Para demostrar que tal exigencia es serena
y respetuosa con la soberanía de Granada,
mis señores os compensarán,
aplazando por tres meses vuestras retribuciones a Castilla.
¿Tres meses? Es generosa vuestra oferta.
Pero decidme,
¿por qué si soy soberano he de llenar de oro
las arcas de otro reino?
Porque debéis vasallaje a Castilla, bien lo sabéis.
No concibo ser al tiempo vasallo y emir.
Decidle a vuestros reyes
que esa cautiva no saldrá de la Alhambra,
pero acepto gustoso vuestro ofrecimiento
de no pagar más rentas.
Y no por tres meses,
en Granada ya no se funde metal para pagar a vuestros señores,
sino para forjar espadas.
Vuestro desafío no quedará impune.
Os lo advierto. -Sea.
No ignoremos por más tiempo nuestro destino.
¿Qué hacéis aquí?
¿Cómo habéis entrado sin aviso?
Vengo a negociar la entrega de mis fortalezas.
Alteza, os ruego que perdonéis la insolencia que os he mostrado
desde que pisasteis Sevilla.
Creedme, mi lealtad hacia vos es sincera.
Si luché por Juana fue por compromiso con los Pacheco.
Como pago por mis faltas aceptad mis disculpas
y la totalidad de mis fortalezas,
de las que podéis disponer como gustéis.
En vuestras manos pongo mis dominios de Constantina,
Alcalá de Guadaira, Arcos de la Frontera...
Y los arsenales donde guardáis las armas,
no os olvidéis de ellos.
Iba a citarlos ahora mismo.
Marqués, acepto gustosa vuestro ofrecimiento.
Confío en que desprenderos de tales bienes
no os cause demasiada desdicha.
¿Queréis decir que los aceptáis?
Pensé que tan pronto os los ofreciera volverían de algún modo a mi poder.
Vuestra sinceridad es osada, pero de agradecer.
Dejadme disfrutar por un tiempo
de aquello por lo que tanto he porfiado.
Descuidad, el duque no quedará mejor que vos.
"Conoce a tu enemigo" es la primera regla del soldado.
Sabéis, por tanto, de los arsenales del duque.
A buen seguro,
he ordenado saquearlos en más de una ocasión.
¿Dónde están?
La mayoría en templos,
¿quién buscaría pólvora tras un Cristo?
¿Están bien defendidos? -No es imposible hacerse con ellos.
Desarmado el duque, acabaría este pulso sin sentido.
¿Podéis organizar el asalto para esta misma noche?
Alargaré la reunión con el duque,
le tendré distraído.
Vos quedaréis bajo custodia hasta que esto haya terminado.
Habéis hecho un gran servicio a la Corona,
pero también a las gentes de Sevilla.
El duque y vos sois los causantes del desorden en Sevilla.
Una vez rendidos,
podré mostrarme generosa con mis vasallos,
ya han soportado bastante.
Se abre la puerta
Se abre la puerta
Os lo suplico, señora, dejadme volver con los míos.
Mi padre os dará todo lo que tiene.
Olvidad lo que habéis dejado atrás, vuestra vida empieza hoy.
Tengo familia,
un prometido que me espera... -Miradla.
¡Miradla!
Ella también fue cristiana.
También tenía familia y deseaba regresar con ellos.
Y lo hizo.
Los suyos la rechazaron como si fuera una apestada.
Al verla pensaron que eran más felices
cuando veneraban su recuerdo.
La dejaron volver aquí.
Pero antes le cortaron la lengua,
para que no alabara a Alá.
Descansad,
o vuestra belleza se marchitará
antes de que el emir pueda disfrutarla.
¿Acaso no sabíais lo que se espera de vos?
Nunca aceptaré ese destino.
Más os valdría matarme ahora mismo,
porque si no, me mataré yo misma.
Magnífico espectáculo duque,
los toros semejaban minotauros de tan bravos.
Sabía que os complacería.
Lástima que la reina no sepa apreciar el toreo.
Ay si vos hubierais estado aquí desde un principio...
¿Cómo permitís que sea ella la que dicte justicia y no vos?
No es propio de su sexo, y así resulta.
Pensé que os resistíais a la autoridad real,
fuese dama o varón quien la ejerciera.
Nunca tuve problema con su hermano Enrique.
He dicho autoridad.
¿Vino? Sí.
Pero no abuséis.
Mirad lo que os tengo reservado.
Sé por mi esposa vuestra debilidad por los esclavos.
Esta... sirve de otra manera.
Dada vuestra fama, solo una salvaje podría complaceros.
Os conviene saber
que soy más fiel a mi esposa de lo que se cuenta.
Dentro y fuera del lecho.
(Chista).
¡Entregad las armas en nombre de la reina!
Ayudadme a huir, nos iremos juntas.
Quiero que regreséis conmigo a Castilla.
Mi padre os acogerá,
mi familia será la vuestra,
os lo juro.
¿Qué es esto?
¿Habéis reparado en el mote de mi escudo?
"Tanto monta".
¿Sabéis qué significa?
Cuentan que a Alejandro Magno le dijeron
que si lograba deshacer cierto nudo intrincado
se convertiría en señor de Asia.
Teniendo a mano su espada, declinó perder tiempo deshaciéndolo,
y le dio un tajo al nudo.
Asunto resuelto.
Tanto monta cortar como desatar.
De ahí el mote de mi emblema.
Ni a la reina ni a mí nos agrada demorarnos
en conseguir nuestros fines.
En eso creedme, no distinguiréis el varón de la mujer.
Alteza.
Tengo nuevas para vos, duque,
y no os van a gustar.
Están saqueando vuestros arsenales.
¿Qué decís?
Todos, uno tras otro.
Tiene que ser obra del marqués. No.
No nos quitéis el mérito.
Vuestros arsenales ahora están en manos de la Corona.
os quedamos agradecidos, andábamos escasos de pólvora.
Habéis errado tres veces:
cuando desobedecisteis a vuestra reina,
cuando creísteis que yo la traicionaría,
y, sobre todo,
cuando gobernasteis en contra de los sevillanos.
Gracias por la faena.
Pasos
Nunca permitiré que nadie os haga daño,
ni siquiera vos.
Desde que estáis aquí os veo alzar la mirada al cielo,
y quisiera descubrir vuestros deseos y colmarlos.
Mi deseo solo es uno: volver con los míos.
¿Y renunciar al paraíso en la Tierra?
Clavad esta daga y marchaos, nadie os lo va a impedir,
pero no me pidáis que os aleje de mí.
(Llora): ¡Nooo!
¡No, no...!
¡No, no...!
Tengo a bien conceder el perdón a la ciudad de Sevilla.
Perdón a sus gentes, y perdón a sus señores,
el duque de Medina Sidonia y el marqués de Cádiz,
que con tan recta obediencia han entregado a la Corona
todas sus fortalezas.
No temáis que tras mi marcha reine de nuevo el desgobierno,
pues la Santa Hermandad pronto velará por la paz
y el orden de la villa.
El marqués y el duque, generosos como acostumbran,
donarán un millón y medio de maravedíes
para tal fin.
Que vuestra ruina compense la mía. -Lo mismo digo.
Por último, es mi deseo conceder la gracia de la legitimidad
a las hijas del marqués de Cádiz,
desde hoy justas herederas de su patrimonio.
¿Qué humillación es esta?
Una gracia por mi rendición temprana, intuyo.
Definitivamente, marqués, habéis salido ganando.
Vuestra indulgencia ha sido recibida con entusiasmo por las gentes.
Dejáis una Sevilla más leal a vos de la que os encontrasteis.
Y las armas en nuestras manos, como corresponde.
La dicha sería completa si no quedase por resolver
el conflicto de los judíos.
Por virulentos que sean los sermones de Ojeda,
no debemos negar la verdad.
Se judaíza,
y hace falta poner coto a los extravíos de la fe.
¿Qué proponéis?
El castigo sería injusto,
pues muchos judaízan por costumbre, sin intención.
Mi señora,
debemos educarles para purificar sus creencias.
¿Y cómo pensáis contener el problema en Sevilla,
donde es más grave?
Me agrada vuestra sugerencia.
Mientras tanto aislaremos a los judíos en sus barrios,
para su protección.
Confío en que sirva para apaciguar los ánimos.
Solo las acepto tras oír el primer llanto de la criatura.
La guardaré hasta entonces, no quiero pecar de confiada,
aunque lo esté.
Sois un físico de gran talento, Lorenzo Badoz,
por eso os reclamo en la Corte para guardar mi embarazo.
Será un honor, alteza.
Pero debo pediros algo a cambio:
tendréis que lucir el distintivo propio de los judíos.
No puedo hacer distinciones,
¿qué podré exigir a los demás si peco de indulgencia con vos?
Espero que no ser óbice para contar con vuestros servicios.
No lo es, alteza.
Es de Beltrán.
El emir amenaza con no volver a pagar a Castilla.
¿Tampoco devolverá a la joven?
Beltrán dice
que permanecerá unos días en Granada para convencerle.
Alabo su intención, pero no creo que sirva de nada.
¿Qué os ocurre?
Son tantos apuros, a veces siento que me quiebro.
Tanto, que temo por nuestro hijo.
Entonces, hoy no debéis preocuparos más.
¿Cómo?
¿De qué forma podría olvidarlo todo?
¿No es peligroso?
Confiad en mí, nunca os pondría en riesgo.
Ahí está.
El mar no borrará nuestros problemas,
pero su grandeza los hará menguar,
al menos por un instante.
La reina ha encomendado a fray Hernando
una misión evangelizadora, en la que confiamos.
¿Sabéis lo que significa?
Mi tía, Beatriz de Braganza, me reclama para lograr la paz.
Demostremos a los castellanos que podemos invadir su reino.
Os lo advierto,
sé defenderme de lo que no deseo.
No habrá Inquisición hasta que fray Talavera
de por concluida su labor.
Su cautiverio ha terminado.
¿Cómo podéis hacer tal cosa y no llamarlo traición?
Eso sería quedarse de brazos cruzados ante el desastre que se avecina.
No aceptará.
Vos sabréis explicárselo.
¿Pretendéis suplantar a la Iglesia?
Él, en su momento, convencerá a la reina.
Castilla implantará la Inquisición.
Ese matrimonio es una victoria vuestra, señora.
Es el camino para que algún día seáis reina de Castilla.
¡Me siento burlado!
¡Como hombre y como rey!
¿Dónde me lleváis?
¡Padre! -¡Samuel!
Debéis aprender a protegeros, yo no viviré para siempre.
¿Qué tramáis?
Francia desea firmar la paz con Castilla.
Aragón debe prepararse para llorar a su rey,
pues vuestro padre se está muriendo.
He decidido proclamarme rey de Portugal.
¡Me habéis traicionado!
¡A mí y a mi padre, y con vos lo traiciono yo!
Subtitulación realizada por Cristina Rivero Moreno.
__________________________________________
NOTIZIE STORICHE.
__________________________________________
PERSONAGGI.
__________________________________________
TERMINOLOGIA STORICA.
__________________________________________
LUOGHI E ATLANTE STORICO.

Bottom. Top.↑

Nessun commento: