domenica 24 maggio 2020

tr50: Isabel - Capítulo 35.

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Sommario:

Isabel - Capítulo 35


El archiduque Felipe acepta la oferta francesa para que él y Juana viajen hacia Castilla atravesando los dominios del rey Luis. Lo hacen cuando estalla de nuevo el conflicto en Nápoles entre Fernando y el monarca francés. Todos temen que los herederos de Castilla y Aragón acaben siendo retenidos como rehenes en Francia.
Por otra parte, la última infanta que quedaba junto a Isabel ha de emprender viaje hacia Inglaterra, donde pronto desposará al príncipe de Gales. Sus naves están a punto de zozobrar en el Cantábrico e Isabel, ante el peligro que corren sus dos hijas, teme enloquecer si les ocurre una desgracia.

Temporada 3 - Capítulo 9


"FELIPE Y JUANA LLEGAN A SUS REINOS"

Juana y Felipe llegan a la corte para jurar como Príncipes de Asturias. La tensión entre Borgoña y Las Españas es máxima
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    2841914
    No recomendado para menores de 12 años
    Transcripción completa
    Os presento a mi heredero:
    Carlos.
    Casar a Carlos y a Claudia. -Heredará el imperio germánico.
    En una sola generación, podrían estar bajo la misma Corona.
    Unas fiebres mortíferas, nada se ha podido hacer.
    El título de princesa de Asturias corresponde a doña Juana.
    Y con ella a ese borgoñón.
    Han de jurar las leyes de Castilla y Aragón ya.
    Durante su estancia aquí haremos lo posible
    para librar a Juana de la influencia de su esposo.
    Se han producido en Granada nuevos levantamientos.
    La calma fue un espejismo.
    (Griteríos y proclamas musulmanas).
    Cuando mi señor decida vuestro castigo,
    os lo haremos saber.
    ¡Mientras, sois prisioneros de Castilla!
    Asumo la campaña, ha de zanjarse de una vez.
    Conversos o muertos, ¿no era eso lo que queríais?
    Proclamad la victoria, aunque no pueden oírnos los enemigos.
    Voy a arrebatarle el trono a Manuel de Portugal.
    ¿Pedís que intriguemos contra un rey legítimo?
    Vuestra futura esposa.
    La mejor solución es que la boda sea inmediata.
    Sabéis que necesitáis la dispensa.
    ¿Y este interés de Francia por la boda del portugués?
    Los días del rey Manuel en el trono pueden estar contados.
    Dadles a entender que necesitan el enlace como vos.
    ¿De qué forma? -La reina tiembla con un nombre.
    ¡Cómo osa amenazarme con desposar a la Beltrameja!
    ¡Le respaldamos como rey, le entregamos a nuestra hija,
    y responde con esa bajeza!
    Olvidaremos esta ofensa tan pronto lo hagáis vos.
    Tenéis mi palabra.
    Esperaré lo necesario para desposar con María.
    Necesito un heredero,
    Carlos se educará en esta corte desde la firma del pacto.
    No saldréis del palacio sin firmar, no tendré escrúpulos en convenceros.
    ¡Ese acuerdo es una traición a mis padres!
    La delegación de Flandes ha llegado. ¿Juana está aquí?
    Me temo que no.
    Vuestro esposo ha partido. -¿Y mis hijos?
    Con él.
    Soy y seré la única heredera de Castilla.
    ¡Ese malnacido de Felipe no decidirá el futuro de nuestro nieto!
    Si solo fuese eso, y no quien heredará nuestros reinos.
    ¡Será un francés!
    Fernando de Aragón propone el reparto de Nápoles,
    mas hay una condición:
    la ruptura del acuerdo matrimonial entre mi hija y el vástago de Felipe.
    Haced venir a mi secretario, tengo una dispensa que dictar.
    Partimos hacia Castilla.
    Ha llegado el momento
    de librar las contiendas cara a cara.
    Subtitulado por TVE.
    Maldito borgoñón y maldita la hora en que lo desposamos con Juana.
    No podemos negarnos,
    Juana debe presentarse ante las cortes sin más demora.
    ¿Cuánto pide?
    El archiduque solicita
    que se le envíen cien mil maravedíes para los gastos del viaje.
    ¿Hasta dónde alcanzará el descaro de nuestro yerno?
    Quizá solo pretenda proporcionar los mejores cuidados a Juana.
    Un viaje así es temerario para una recién parida.
    Poco le ha importado hacer viajar a Juana a Bruselas.
    Donde ha de parir a cambio de una bolsa de dinero
    ofrecida por la villa.
    Enviad el dinero, Fuensalida.
    Y ordenad que viajen a Castilla tan pronto como Juana alumbre.
    No aceptaremos más dilaciones.
    Está bien.
    Permitamos que Felipe se burle de nosotros,
    pero juro que le cobraremos hasta el último maravedí.
    Cierto,
    hubo que sacrificar el compromiso entre Carlos, vuestro heredero,
    y la hija del rey Luis.
    A cambio de obtener para Francia una posición ventajosa en Nápoles,
    lo sabemos.
    Pero todo se puede enmendar.
    El rey Luis me envía la propuesta que seguro os complacerá.
    Tiene gran interés en conoceros personalmente,
    a vos y a vuestra esposa.
    Sabemos que pronto viajaréis a Castilla.
    El rey Luis os invita a hacerlo por Francia, visitando la corte.
    Estáis hablando de los herederos al trono de Castilla y Aragón.
    Teniendo en cuenta las relaciones con Francia...
    No receléis,
    su alteza proveerá para la seguridad de los archiduques.
    Decid al rey Luis, en nombre de mi esposa y en el mío,
    que aceptamos la invitación:
    viajaremos por Francia y le presentaremos nuestros respetos.
    Colón ha desembarcado por fin en Cádiz, majestad.
    ¿Y cuándo tendrá a bien honrarnos con su presencia?
    No son pocas las explicaciones que nos debe.
    Comparecerá,
    mas temo que prepara otra artimaña.
    Son tan graves las acusaciones que pesan sobre él
    que el juez pesquisidor enviado
    ordenó que Colón viajara en la bodega cargado de cadenas.
    Ahora pretende presentarse en la corte
    en el mismo estado en que ha hecho el viaje.
    ¿Encadenado? ¿Por qué?
    El almirante rehusó acatar las órdenes
    que portaba Francisco Bobadilla.
    Este hubo de recurrir a las armas
    para poner fin a los abusos de la familia Colón.
    ¿Qué tipo de abusos?
    La lista es larga.
    Bobadilla asegura que sus hombres presentaron quejas
    sobre él y sus hermanos.
    Que se presente en la corte de inmediato, y sin cadenas.
    Poned a su disposición los fondos necesarios
    para que acuda dignamente vestido.
    Mi señor, bien sabéis de mis simpatías por Francia,
    pero pensad el riesgo que corréis.
    Podría tratarse de una celada.
    Sosegaos, eminencia reverendísima.
    ¿Y si el rey de Francia pretende tomar a vuestra esposa como rehén
    para negociar con los españoles?
    ¿Complacerá a mis suegros
    que su hija acepte viajar por territorio enemigo?
    Por supuesto que no.
    Por eso he aceptado.
    Es mi deseo
    atirantar la relación entre ellos y mi esposa,
    con el fin de atraerla a mi causa.
    ¿Pretendéis que Juana rompa con sus padres?
    A menos que aleje a Juana de su influencia,
    seré el consorte de la reina de Castilla.
    (Suspira).
    Habréis de convencer a Juana para que acepte viajar por Francia.
    Ardua tarea os proponéis.
    Llaman a la puerta
    ¿Qué ocurre?
    Han llegado nuevas de Bruselas:
    Vuestra esposa, señor, ha parido.
    ¿Es varón?
    ¡Maldita perra!
    Majestad.
    Sed bienvenido a Castilla.
    Os ruego excuséis la premura de mi visita.
    Estoy seguro de que el motivo lo merece.
    Así es.
    El rey de Nápoles conoce lo acordado en el Tratado de Granada.
    Breve es la vida de los secretos en nuestras cortes.
    Más ha de inquietarnos la reacción del napolitano:
    Fadrique ha acudido al turco en busca de ayuda.
    ¿Estáis seguro de lo que decís? ¡Sí, majestad!
    Hemos de ocupar Nápoles de inmediato.
    Fadrique está dispuesto a abrir las puertas al infiel
    a cambio de proteger su reino.
    Dominar Nápoles es tomar la antesala de Roma.
    Por ello urge intervenir antes de que tomen posiciones.
    Hemos de ejecutar lo firmado en Granada,
    y hacerlo juntos.
    Los napolitanos defenderán su territorio hasta la muerte,
    sea turco el invasor, o seamos nosotros.
    ¿Acaso no lo sabíamos antes de repartirnos el reino?
    No nos precipitemos.
    Podemos evitar mancharnos las botas de sangre y barro en Nápoles,
    con ayuda de su santidad.
    Pocas veces os he visto tan jubilosa, Catalina.
    ¿Tanta alegría os procura la oración?
    No es la oración, madre,
    es que he recibido carta de Inglaterra.
    De Arturo, mi prometido.
    ¿Y qué nuevas envía que os provocan tanta dicha?
    Son cartas...
    personales.
    Arturo es muy vehemente.
    Y apasionado.
    En ese caso, hacéis bien en no compartirlas,
    ni siquiera con vuestra madre.
    ¿Cuándo partiré a Inglaterra?
    ¿A qué tanta premura?
    Catalina,
    sois la única hija que nos queda en Castilla,
    ¿no os apena separaros de vuestros padres?
    Disculpadme, madre,
    no quería disgustaros.
    Que no os inquiete el pesar de una madre egoísta
    que ve partir a sus hijos.
    Pronto llegará vuestro momento.
    Pero hasta entonces os ruego
    que nos deleitéis con vuestra compañía.
    Está bien,
    hacedle pasar.
    Si os conozco bien, esta no es una visita de cortesía,
    ¿me equivoco?
    Cierto, eminencia reverendísma, no soy amigo de los usos mundanos.
    En eso coincidimos.
    ¿Qué os trae a la corte?
    Las alcabalas,
    el impuesto que recauda fondos para la guerra contra el infiel
    desde tiempos del rey Alfonso.
    La guerra en Castilla acabó hace años.
    El infiel ha sido más que doblegado
    y aplastado.
    Las alcabalas ya no tienen justificación.
    Y, sin embargo, sigue cobrándose.
    No solo en eso radica la injusticia.
    El monto del impuesto, un diezmo sobre cada venta,
    lo decide cada recaudador a su albedrío;
    por ello, se ha convertido en un pozo de corrupción.
    ¿Qué queréis de mí, fray Hernando?
    Que intercedáis ante sus majestades para acabar con las alcabalas.
    Hacedlo vos,
    tenéis mi bendición.
    Pero no vuestro poder,
    ni vuestra influencia.
    Talavera...,
    grandes han sido nuestros desencuentros.
    Tan presentes como vos los tengo, eminencia.
    Sin embargo, lo que pedís es de justicia.
    Así lo haré saber.
    Majestad,
    soy víctima de una terrible injusticia.
    Os juro que siempre fui fui a Castilla y a vos,
    os lo juro por mi honor.
    Levantaos, almirante, os lo ruego.
    ¿Vos no os postráis ante vuestra reina?
    Cuando cumpláis lo pactado conmigo y con mi hermano.
    ¡Os aconsejo que refrenéis vuestra lengua!
    ¡Habéis sido traídos ante la reina de Castilla
    para responder por vuestro comportamiento!
    Si no os satisfacen mis servicios,
    pagadme los sueldos que me adeudáis y mi lengua se refrenará.
    ¡Basta!
    Almirante, estáis aquí
    por orden del juez pesquisidor enviado por la Corona.
    En mi nombre,
    Bobadilla os ha despojado de los títulos de virrey
    y gobernador de los nuevos territorios.
    Yo refrendo su decisión ante vos.
    Majestad,
    no habéis escuchado mis razones.
    Estoy segura de que están a la altura
    de las acusaciones que pesan sobre vos.
    No os llaméis a engaño, almirante.
    Nada de lo que digáis os devolverá los títulos
    a los que tan escaso honor habéis hecho.
    Sois libres,
    esa es toda vuestra ganancia.
    ¿Viajar por Francia?
    ¿Habéis perdido el juicio?
    Estaríamos en manos del enemigo.
    Los franceses ya no son enemigos, Juana,
    vuestros padres han firmado la paz.
    Saber que su hija rinde homenaje al rey francés
    sería una afrenta para ellos.
    ¿Qué afrenta puede haber?
    Ellos mismos le han agasajado en Granada.
    No debéis preocuparos,
    el rey Luis garantiza personalmente nuestra seguridad.
    ¡Miente!
    ¡Y vos solo pensáis en lo que os conviene!
    ¿No lo hace vuestro padre? -¡Cómo osáis!
    ¡Él vela por sus intereses,
    sacrificando el futuro de sus hijos y nietos!
    ¿No lo veis?
    Y me avergonzáis pidiéndoles dinero para el viaje.
    ¡Sois un miserable!
    Os prevengo:
    será por Francia o no será.
    Mi señor.
    Si me lo permitís, yo hablaré con la infanta.
    Viajaréis por Francia,
    pero es mejor que lo haga convencida de sus ventajas.
    Hacedlo.
    Hacedlo, si sois capaz, y sabré recompensaros.
    El último de los asuntos pendientes es el que llega con mayor urgencia.
    El rey de Inglaterra reclama a la infanta Catalina.
    Desea casarla cuanto antes con el príncipe Arturo.
    ¿A qué tan repentina premura?
    Majestad, las finanzas de la Corona inglesa están mermadas.
    Cuanto antes se celebre el matrimonio,
    antes ingresarán la dote.
    Ahora entiendo las encendidas misivas de amor que recibe.
    Bendita inocencia.
    También pesa la legitimidad: Catalina es una Lancaster.
    Le conviene el matrimonio
    para atajar las aspiraciones de los York.
    El archiduque Felipe ha ofrecido a su hermana Margarita como esposa.
    Al diablo Felipe y Margarita, ya nos ocuparemos de ellos.
    Lo importante ahora es Catalina.
    Los ingleses deben saber que nuestro compromiso es firme.
    Preparadlo todo,
    nuestra hija ha de partir hacia Inglaterra.
    Os repartís Nápoles a mis espaldas
    y ahora venís a que os dé mi bendición.
    Os conviene,
    a riesgo de veros de rodillas ante el turco.
    No os inquietéis,
    jamás permitiremos que el rey de Nápoles
    ponga Roma a su alcance.
    Ayudadnos a impedirlo, es todo cuanto os solicitamos.
    Tenéis autoridad para deponer a Fadrique
    sin recurrir a las armas.
    Una autoridad que cuando les conviene ignoran sus majestades.
    Santidad, vuestra ayuda es conveniente,
    pero no imprescindible.
    Fadrique ha de ceder la Corona.
    Si no le obligáis vos,
    lo haremos españoles y franceses.
    Y de peores modos.
    Señora,
    os honra vuestra insistencia en viajar a Castilla por mar,
    pero mayor servicio prestaríais a las Españas
    acompañando a vuestro esposo en Francia.
    No os entiendo.
    ¿Qué servicio habría de prestar ofendiendo a mis padres?
    No debéis perder de vista al archiduque.
    Señora,
    temo la influencia que el rey Luis pueda tener sobre vuestro esposo.
    Vos también deberíais recelar, así lo exige vuestra alcurnia.
    Observad, os lo ruego,
    e informad de todo a sus majestades cuando lleguemos a Castilla.
    ¿Pretendéis que espíe a mi propio marido?
    Solo que estéis atenta a los manejos del francés.
    Al enemigo es mejor vigilarlo de cerca.
    Por eso, mi consejo... -Dejadme,
    no quiero oír más. ¡Salid!
    No es tiempo para abolir impuestos, os lo aseguro.
    ¿Y cuándo lo es, alteza?
    Todos han de contribuir a la defensa del reino.
    El infiel amenaza ahora a la cristiandad desde Nápoles.
    Majestades, permitid que insista:
    la recaudación de las alcabalas es fuente inagotable de corruptelas.
    No vamos a eliminarlas, lo pida quien lo pida.
    La paz y la justicia cuestan dinero,
    decídselo a quienes demandan tal desatino.
    ¿Me acompañáis?
    Enseguida, necesito confesión.
    Teneos.
    Sabed que comparto vuestra opinión.
    ¿Y calláis ante vuestro esposo?
    ¿Por qué?
    Porque también comparto sus razones.
    Quiero que defendáis vuestra propuesta
    ante el Consejo de Castilla.
    No puedo apoyaros en vuestra petición,
    pero no me opondré a una resolución favorable.
    Entiendo.
    Os lo agradezco, majestad.
    Perdéis el tiempo con esa carta:
    la reina no atenderá vuestras súplicas,
    bien claro os lo dejó.
    No son súplicas, sino razones.
    Su majestad es libre de ignorarlas,
    pero yo moriré con la conciencia tranquila.
    ¡Maldita sea!
    ¡Conservad la dignidad, pues poco más os queda!
    ¡Y no lo hago defendiéndome!
    ¡Con una carta, valiente defensa ante tamaño atropello!
    Padre,
    no os pueden arrebatar derechos y títulos por la fuerza.
    Existen documentos firmados que lo impiden.
    ¿Queréis meteros en pleitos con la Corona?
    ¡Habéis perdido el seso!
    Padre, no solo os están avasallando a vos,
    también a vuestra familia.
    Hacedlo por nosotros.
    He decidido seguir vuestro consejo.
    Acompañaré a mi esposo
    y estaré vigilante en nuestro paso por Francia.
    Celebro vuestra decisión, es lo más prudente.
    Pero sabed que no es un traidor.
    Si de mis palabras se desprende tal cosa, os ruego...
    Permaneceréis a nuestro lado.
    Levantad acta y testimonio de todo cuanto suceda.
    Que llegado el momento pueda servir
    para justificar mi decisión ante mis padres.
    Viajar con nuestra hija por Francia, ¡cómo se atreve!
    Dios mío...
    Va a poner a la heredera al trono a merced del enemigo.
    ¡Ese malnacido nos toma por memos,
    y nosotros le damos la razón pagándole el viaje!
    ¿Qué podemos hacer?
    Poco, majestad.
    Por muchas garantías que haya dado el rey de Francia,
    vuestra hija estará en sus manos.
    Ignoramos si el francés tiene intenciones ocultas.
    Chacón,
    ordenad que armen una carraca con los 500 mejores soldados.
    Que partan inmediatamente hacia Flandes.
    Y aprovisionadla bien, la espera puede ser larga.
    ¿Con qué objetivo, majestad?
    Proteger a nuestro nieto Carlos.
    Si algo le ocurriese a sus padres, él sería nuestro heredero.
    Al menor problema,
    que arranquen al niño de manos de los borgoñones
    y lo traigan a Castilla.
    Recemos para que el sentido común prevalezca en Francia.
    Señor, hay otro asunto,
    se trata de Nápoles.
    ¿Ofrecen resistencia los napolitanos?
    No, gracias a Dios.
    al saber que Fadrique había sido depuesto,
    arrojaron las armas. Sin embargo,
    no he querido mencionarlo,
    pero en Nápoles menudean las escaramuzas
    entre nuestros hombres y los franceses.
    ¿Por qué motivo?
    No hay acuerdo sobre las fronteras establecidas en Granada.
    (Resopla): Precisamente ahora.
    No podría suceder en peor momento.
    Hay que evitar pleitos con Francia.
    No podemos tensar la situación con Juana en la corte del rey Luis.
    Que venga Fuensalida.
    Chacón,
    celebro vuestra sensatez.
    No digáis nada a la reina,
    bastante preocupada está ya por nuestra hija.
    Partiréis inmediatamente a Francia.
    Aclarad con los franceses el asunto de Nápoles,
    que queden bien definidas las fronteras.
    Pero conservad las posiciones ganadas.
    Pelead cada palmo de tierra como si fuera suelo aragonés;
    bastante cedimos en Granada.
    Así lo haré, señor.
    Oficialmente, esa es vuestra misión.
    Pero os encargaréis de algo más importante.
    Hacedlo con suma discreción.
    Informadme de cada paso de mi hija y su esposo en Francia.
    Todo es relevante, no ahorréis detalles en las misivas.
    Y si las cosas se tuercen,
    dirigíos hacia Amberes
    y ordenad el secuestro del hijo de Juana.
    Están en juego los tronos de Castilla y Aragón.
    Confiad en mí, majestad.
    Bastón de mando
    ¡El duque de Borgoña, don Felipe de Habsburgo,
    y su esposa,
    la princesa doña Juana de Castilla y archiduquesa de Austria!
    Majestades.
    Inclinaos ante el rey de Francia, os lo ordeno.
    No rendiré pleitesía a los enemigos de Castilla.
    Temo que la española no está dispuesta
    a rendirnos honores.
    ¡Bienvenidos a Francia!
    Querido Felipe,
    por fin nos conocemos.
    Majestad, es un honor saludaros.
    Y vos sois Juana.
    Digna heredera de vuestros padres.
    Sed vos también bienvenida a Francia.
    Permitid que os presente a mi esposa.
    No os preocupéis,
    os proporcionaré un galeno para aliviar vuestro mal.
    ¿A qué mal os referís?
    Al que os impide inclinaros ante el rey de Francia.
    ¡Vuestro comportamiento ha sido indigno y grosero!
    ¡Habéis ofendido al rey de Francia, y a Flandes, a quien representáis!
    ¡No menos que a Castilla y Aragón!
    ¡Vais a tragaros vuestro orgullo! -Soy la futura reina.
    ¡No me humillaréis ante los enemigos de mi reino!
    Dicen que sois el hombre que más sabe de cuentas.
    ¿Estudiasteis el documento que os envíe sobre las alcabalas?
    Sí, eminencia reverendísma.
    ¿Tenéis ya una propuesta que podamos defender
    ante el Consejo de Castilla?
    Antes debo advertiros:
    quienes os previnieron contra la eliminación del impuesto
    no erraban en su juicio.
    No os he llamado para que apoyéis a quienes se oponen a mí,
    sino para que me ayudéis a combatirlos.
    Los recaudadores son fáciles de sobornar,
    pero hay una manera de evitarlo.
    ¿Cuál es?
    Haciendo que el cálculo a pagar no dependa de los recaudadores.
    ¿Y cómo haríais tal cosa?
    Sustituyendo las alcabalas por un impuesto fijo
    que ingrese la misma cantidad.
    No basta.
    Hay que hacer algo
    para que paguen más quienes más tienen, y no al revés.
    Existe el modo,
    pero temo que no os plazca.
    Colón contra los reyes de Castilla ante un tribunal.
    El almirante ha enloquecido.
    No tanto, majestad.
    Sabe que puede causar gran quebranto a la Corona
    con sus acusaciones.
    ¿Qué proponéis para atajar sus planes?
    Sería prudente encerrar al almirante.
    Y juzgarlo por sus abusos y las infamias en vuestro nombre,
    lo que es aún más oneroso.
    Recibiré a Colón en la corte.
    Si el almirante quiere pleitos, los tendrá.
    No debí avenirme a este viaje,
    donde solo encuentro ofensas y humillaciones.
    ¿Estáis seguro de que mis padres lo entenderán?
    (Asombrada): Fuensalida.
    Mi señora,
    sus majestades los reyes os envían saludos.
    ¿Están enojados conmigo? Decidme.
    Tranquilizaos,
    vuestros padres están al tanto de todo lo que ocurre,
    os lo aseguro.
    Mi esposo disfruta provocando a mis padres, señor.
    Lo sé.
    Mis consejos no siempre han sido de vuestro agrado,
    pero os ruego que me escuchéis:
    templad vuestro ánimo, en particular ante los franceses.
    No es momento para alimentar viejas enemistades, creedme.
    ¿No debo plantar cara al enemigo de mis padres?
    No conviene.
    Andad con tiento,
    todos debemos hacerlo.
    Y así será.
    Saldremos de este trance
    sin dañar los intereses de Castilla y Aragón.
    Ni los vuestros.
    La reina Ana ha requerido mi presencia
    en un oficio religioso.
    Acudiré,
    y les mostraré que sabe comportarse una infanta castellana,
    incluso en compañía tan poco deseada.
    Os dije que vuestros deseos no tardarían en cumplirse.
    Y así ha sido,
    antes de lo que yo misma quisiera.
    Que mi dicha cause vuestro pesar amarga mi partida.
    No hay pesar en mi corazón,
    solo melancolía.
    Permitidme una debilidad, hija mía.
    Recordad siempre quién sois
    y de dónde venís.
    Y rezad a Dios todas las noches para que os ilumine.
    Sí, madre.
    Vais a ser una gran reina, Catalina, estoy seguro.
    Los ingleses no saben aún lo afortunados que son,
    deslumbradles.
    No lloréis, madre, os escribiré a menudo.
    Lo juro por mi honor y el amor que os profeso.
    Ahí va la última infanta de Castilla,
    que Dios la proteja.
    Al parecer,
    el matrimonio entre Catalina, la hija de vuestros suegros,
    y el príncipe de Gales es cosa hecha.
    Dios mediante.
    Dicen que el príncipe Arturo es frágil como una florecilla.
    Si el rey Enrique acepta desposar a mi hermana,
    conseguiremos no solo un poderoso aliado,
    también menoscabar a Aragón y Castilla.
    Querido archiduque, sois astuto como un zorro.
    Disculpadme.
    Asuntos menores requieren mi mayor atención.
    Un astuto y hermoso hijo de puta, sin duda.
    El archiduque nos cree pasmados.
    Temo que su inteligencia brille menos que su ambición y galanura, majestad.
    De momento, mejor tenerlo como aliado.
    Si se hace con Inglaterra
    dominará todos los reinos que rodean a Francia.
    Dudo que sus suegros lo permitan.
    Conozco a Fernando,
    seguro que prepara al archiduque un recibimiento digno de su perfidia.
    Cuanto peor se lleven mejor para nosotros, ¿no creéis?
    Así es, señor.
    Almirante, no saldréis airoso de un pleito contra la Corona.
    Recoged vuestras ganancias, que no han sido menudas,
    y vivid en paz.
    Poca paz he de hallar si no porfío hasta el último suspiro
    por lo que, según vuestra propia ley, me corresponde.
    Señor, los contratos tienen dos firmantes.
    El incumplimiento de los compromisos por una parte
    libera a la otra de los suyos.
    ¿Sois experto en leyes, monseñor?
    No,
    solo en las de Dios.
    Mas poca sabiduría se precisa
    para ver que vuestra codicia y vuestra virtud como gobernante
    no están a la par.
    Dad gracias a vuestro hábito,
    si fuerais un hombre como los demás...
    ¡Amenazando al obispo amenazáis a vuestra soberana!
    Majestad,
    no negaré que cometimos injusticias, incluso atrocidades.
    ¡Reconocéis, por fin, las acusaciones de Bobadilla!
    ¡La tarea era ardua y mis hombres, convictos en su mayoría,
    difíciles de gobernar!
    Pero juro
    que siempre he defendido los intereses de Castilla.
    Y este es el pago que recibo: verme deshonrado.
    ¡Vilipendiado por un rufián como vos!
    Habrá pleito, majestad, no lo dudéis.
    Es de justicia.
    "Requiem aeternam dona eis, Domine; et lux perpetuam luceat eis.
    Te decet hymnus, Deus, in Sion, et tibi reddetur votum in Ierusalem.
    Exaudi orationem meam; ad te omnis caro veniet".
    ¿Qué es esto, señora?
    Una limosna para que la entreguéis por el alma de mi difunto hijo,
    el delfín.
    Soy la heredera de Castilla,
    no una de vuestras damas.
    Con la reforma de las alcabalas que os acabo de exponer,
    la Corona seguirá recaudando,
    pero vuestros vasallos verán aliviada su carga.
    El pueblo siempre recibe con gusto el alivio de sus obligaciones.
    Pero las afronta, incluso con padecimiento.
    No así otros.
    ¿A qué os referís?
    Creo llegada la hora
    de que la Iglesia contribuya para mantener las arcas de la Corona.
    ¿Pretendéis que la Iglesia pague las alcabalas?
    Es una locura. -Ah...
    ¿Vos lo llamáis locura? Yo lo llamo justicia.
    ¡Por primado de España que seáis, si os obstináis en seguir,
    será el mismo papa quien os pare los pies!
    ¡Calmaos!
    Este es asunto para tratar con el ánimo templado.
    Pediremos opinión a la Iglesia de Castilla,
    y escucharemos lo que tenga que decir.
    Comunicadlo a todas las diócesis y preparad esa reunión.
    Entretanto, que cese la disputa.
    Es más oportuno meditar y pedir a Dios que nos ilumine.
    Él nos hará ver qué es lo más justo.
    Firmamos un tratado en Granada para garantizar la paz en Nápoles.
    En eso estamos de acuerdo.
    ¿Sí?, entonces,
    ¿por qué vuestras tropas se empecinan en invadir dominios de Basilicata?
    Me temo que os equivocáis.
    Los límites que establecéis no son los acordados.
    Y vuestro rey no debería reclamar lo que cedió
    y, por tanto, no es suyo.
    ¿Estáis insinuando que mi señor actúa de mala fe?
    ¿Que no respeta los términos del tratado?
    No puedo leer los pensamientos de vuestro señor,
    solo veo los hechos.
    Y veo soldados españoles en nuestros territorios.
    Y yo que no habéis acudido con el ánimo
    de resolver nuestras diferencias.
    Si pensáis que lo solucionaremos cediendo a vuestras pretensiones,
    ¡perdéis el tiempo!
    Solo pretendemos que os ajustéis a la palabra dada.
    Sabéis que cuando ya no sirven las palabras,
    surgen hechos que lamentar.
    Mucho ha sufrido vuestra soberana con la pérdida de sus hijos.
    No quisiéramos causarle más dolor.
    Espero no interrumpir vuestro descanso, madame.
    Perded cuidado, solo me preparaba para la cena.
    Hermoso vestido.
    Os falta esto para aparecer radiante en la recepción.
    Sois orgullosa, y eso me complace.
    Creo que sin honor somos menos que las bestias.
    Pero debéis ser más prudente.
    Os agradezco el consejo, mas no veo el motivo.
    Vos y yo vivimos en un mundo
    donde el orgullo no vale lo que la ambición.
    Yo misma he tenido que renunciar a lo uno
    para no ser vencida por lo otro.
    Vos y yo no somos la misma persona.
    Cierto,
    pero permitid que os señale un detalle que nos asemeja:
    reinamos,
    pero no gobernamos -Os equivocáis.
    Yo reinaré un día en Castilla y gobernaré como mi madre.
    Quizá sea como decís.
    Entretanto, os recuerdo que, cuando el viento arrecia,
    más vale doblegarse que acabar tronchado en dos.
    Pero no sigamos con estos pensamientos.
    Dejo que os preparéis para brillar esta noche,
    como cuentan brilla el sol en vuestro reino, ¿no es así?
    Hermosas joyas.
    Son un regalo de mi marido.
    El archiduque sabe cómo conquistar a una mujer.
    Por lo que contáis,
    parece que habremos de medir nuestras fuerzas con el aragonés.
    Así es.
    Pero hay un camino para doblegarlo,
    y menos costoso que la guerra, majestad.
    Su hija y heredera está en vuestra corte.
    ¿Qué no cedería Fernando por ella?
    Grandes ventajas podríamos obtener.
    Nuevas condiciones, ampliar los territorios...
    Recuperar los condados perdidos...
    He garantizado la seguridad de nuestros invitados.
    Sería una maniobra traicionera.
    No más que fijar fronteras sabiendo que no se van a respetar,
    como hizo Fernando en Granada.
    Reconozco los beneficios de vuestra propuesta.
    Y si la recompensa es suculenta,
    mi conciencia tolera lo que a otros avergonzaría.
    Mas no es decisión que deba tomarse a la ligera.
    Veamos antes cuál es el curso de los acontecimientos.
    Quién sabe,
    quizá Fernando, con los años,
    piensa más como padre que como rey y termina cediendo.
    ¿Eso es todo lo que dice Fuensalida?
    Así es, majestad.
    El dilema es claro: o cedemos a las pretensiones de Francia
    o nos arriesgamos a una nueva guerra.
    Temo que esa es la única conclusión.
    Si cedemos,
    Francia nos habrá derrotado en una guerra incruenta.
    Nuestra hija está en Francia, es lo único que importa.
    No lo olvido, señora, os lo aseguro.
    Pero no hay otro camino que la guerra.
    ¿Aunque eso signifique poner en peligro a vuestra hija?
    El enfrentamiento es inevitable, las hostilidades ya han comenzado.
    Trataremos de garantizar la seguridad de Juana,
    pero sabéis que nuestros afectos no pueden estar
    por encima de nuestros deberes. No veo afecto en vuestras palabras.
    ¡Pensad con el corazón por una vez en vuestra vida!
    Entregaré Nápoles al francés, si así me lo ordenáis.
    La propia Segovia entregaría con tal de no causaros más dolor.
    Sin embargo,
    vos sabéis que... No cuenta lo que sé,
    sino lo que siento.
    Confío en vuestro buen juicio como tantas veces he hecho,
    pero me veo incapaz de seguiros.
    Entonces, no lo hagáis, pero tampoco perdáis la confianza.
    El rey Luis no se atreverá a hacer nada contra Juana.
    Habría de enfrentarse con nosotros, con el emperador Maximiliano.
    Quién sabe, quizá con el propio Felipe.
    Demasiados frentes abiertos.
    No caerá en la tentación, por poderosa que sea.
    Ved cuánto importáis a vuestros padres.
    No han dudado en ponernos en peligro
    entrando en guerra contra nuestro anfitrión.
    No han hecho sino responder a una agresión alevosa, señor.
    Pero si estamos en guerra, ¿qué será de nosotros ahora?
    Tramar algo contra vos no sería una decisión sensata.
    ¿Y cuándo la sensatez ha dictado la política de un rey francés?
    Temo por nuestra suerte, cierto,
    mas quizá la amistad que une al archiduque con su majestad
    puedan librarnos de males mayores.
    Os aseguro, señora, que no permitiré que nada os suceda.
    Sabré contener al rey Luis,
    a pesar de las provocaciones de vuestros padres.
    Mi señor, obrad con mesura.
    Descuidad.
    Amada esposa, es vuestro deber presentaros en Castilla
    y asumir vuestras obligaciones como princesa de Asturias.
    Y por mi vida que os llevaré sana y salva hasta allí.
    ¿Por qué la Iglesia habría de evitar las obligaciones
    que sus fieles deben cumplir?
    ¿Acaso no ha de contribuir al bienestar del reino?
    La Iglesia ya contribuye,
    cuida de las almas castellanas,
    envía a sus hijos a cruzar la mar océana
    para difundir la fe en nombre de la Corona...
    ¿Qué mayores sacrificios nos exigís?
    Sacrificios, decís.
    Y yo me pregunto: ¿qué es la Iglesia sino sacrificio?
    ¿No se sacrificó Jesucristo por todos nosotros?
    Y ahora esa palabra os indigna.
    Preferís quedaros en vuestros palacios,
    ante mesas rebosantes, en lechos bien caldeados,
    mientras otros se sacrifican.
    ¡Vergüenza!
    Eso siento al escuchar tales propósitos.
    ¡Vergüenza!
    Que nuestros dineros no engrosen las cuentas de la Corona,
    mas todos habremos de rendir cuentas ante el Altísimo.
    Que sea Él quien nos juzgue.
    Y bien,
    ¿cuál es vuestra decisión?
    Temo que mi decisión no va a complaceros:
    no tomaré como rehenes a los herederos de las Españas.
    Fernando caería con toda su furia sobre nosotros
    si se toca un solo pelo de la cabeza de su heredera.
    Nuestros ejércitos le presentarían batalla.
    Guerrear en Nápoles
    no es como dentro de nuestras fronteras.
    Y no olvidéis a Maximiliano.
    Los archiduques han de partir a la mayor brevedad.
    No tentemos a la suerte.
    Grata ha sido nuestra estancia en vuestra corte,
    mas temo llegada la hora de abandonaros.
    De eso discutíamos, precisamente.
    Dado el envilecimiento
    de nuestra relación con vuestro suegro,
    es sensato que volváis a Flandes.
    No, majestad,
    continuaremos viaje hacia Castilla sin más demora.
    Debo aconsejaros que desistáis de vuestro propósito.
    Nos encontramos en los albores de una guerra.
    Debo pensar ante todo en vuestra seguridad.
    Insisto.
    He de jurar cuanto antes como príncipe de Asturias.
    Considerad la gravedad de impedírmelo.
    No estáis en disposición de imponer vuestro criterio,
    señor duque.
    No es el duque de Borgoña, vuestro vasallo, quien os lo pide,
    sino el futuro rey de Castilla y Aragón.
    Y lo hace con firmeza, pero con respeto.
    Sosegaos, a su majestad solo le preocupa vuestro bienestar.
    Dadas las circunstancias, sería responsable
    si algo os ocurriera en territorio francés.
    Majestad, me atrevería a sugeriros
    que vuestra guardia nos acompañe hasta la frontera.
    Y yo acepto vuestra solicitud.
    Añadiremos salvoconductos para asegurar el viaje.
    Espero que todo esto no os incomode.
    Como vos dispongáis, con tal de partir sin demora.
    Sabias palabras las dedicadas al consejo.
    Debo agradeceros
    que les hayáis inclinado a favor de mi propuesta,
    lo tendré en cuenta.
    No me debéis nada.
    Si he hablado ha sido por defender lo más justo,
    no por ayudaros a vos
    y vuestro singular sentido de la justicia.
    Por muy agradecido que esté,
    os recomiendo prudencia.
    ¿Sabéis cuánto sufrimiento habéis causado en Granada?
    ¿Cómo puedo ser prudente después de lo que os he visto hacer?
    Diríase
    que no os cansáis nunca de discutir los mismos asuntos.
    De mi terquedad también habré de rendir cuentas,
    pero no a vos.
    ¿Qué hay, señores, que no puede conocer la reina?
    Las naves de la princesa Catalina han tenido que refugiarse en Laredo.
    ¿Mi hija se encuentra bien?
    Sí, la princesa está a salvo,
    pero la tempestad les obligó a regresar a puerto.
    Pronto podrán volver a zapar, perded cuidado.
    ¡No!
    ¡Ordenad que venga aquí inmediatamente!
    Eso es imposible, bien lo sabéis.
    ¡Juana en territorio enemigo
    y Catalina a punto de ser tragada por las agua!
    ¿No os parece que ya es suficiente?
    ¡No voy a poner en riesgo a nuestra hija!
    ¡Si vos no dais la orden, la daré yo!
    Dejadnos solos.
    Mi hija volverá aquí conmigo, no pienso discutir ese punto.
    Vuestra hija, como vos y como yo,
    ha de cumplir su obligación.
    ¿Y qué madre tiene la obligación de soportar impasible
    la desgracia de sus hijos?
    ¡Ninguna en este mundo:
    ni en los palacios, ni en la más humilde de las moradas!
    ¡No entregaré a Castilla ni un hijo más; ni uno!
    Sosegaos, señora.
    ¡Nadie podrá obligarme a ello!
    ¿Acaso no he sufrido bastante? ¡No es posible soportar tanto dolor!
    ¡No me obliguéis, os lo suplico!
    Un dolor que comparto con vos, como toda mi vida.
    ¡No podría soportar que la desgracia se cebara de nuevo en mis hijas!
    ¡Son todo lo que me queda!
    Si las pierdo, perderé la razón.
    ¡Temo acabar como mi pobre madre!
    Se abre la puerta
    Por fin puedo traeros buenas noticias, majestad.
    ¿Son mis hijas? Decid, ¡no me hagáis esperar!
    El rey Enrique ha mandado un piloto experto
    que conducirá las naves de la princesa sin peligro.
    ¿Y nuestra Juana?
    Han partido de la corte francesa
    escoltados por la guardia del rey Luis.
    Ya van camino de la frontera.
    Dios ha escuchado mi súplica en esta ocasión.
    Partamos hacia Fuenterrabía. Esperad, señora.
    No iremos a recibirlos.
    Felipe ansía ser jurado como príncipe.
    Dejemos que conozca en su carne lo que es la zozobra de la espera.
    Habláis con buen juicio, mi señor,
    ha sido mucha la amargura que hemos pasado por su causa.
    Iréis vos.
    Os enviaremos con una comitiva a recibir a mi hija y su esposo.
    Perded cuidado, mi señora, partiré de inmediato.
    Espero que la reina pueda olvidar la angustia de estos días.
    Yo también lo deseo, majestad.
    No debemos bajar la guardia.
    Mantengamos a flote a Catalina,
    pero hagamos naufragar los planes de Felipe.
    El rey de Inglaterra no ha de aceptar
    la oferta de matrimonio con Margarita.
    ¿Y cómo pensáis lograrlo, mi señor?
    Pidiendo ayuda a Maximiliano.
    Él sabrá cómo sofocar la excesiva ambición de su hijo.
    No permitiré que Felipe tuerza nuestro destino, Chacón.
    Eso os lo aseguro.
    "Dios da victoria a algunos de cosas que parecieran imposibles.
    Pero sin vos, mi señora
    nunca las Indias habrían sido alcanzadas.
    Por ello,
    si os he ofendido al reclamar los que considero mis derechos,
    os pido humildemente perdón".
    Debo agradeceros humildemente que me recibáis, majestad.
    Levantaos, no es necesario que os postréis ante mí.
    Ya hemos pasado por esto.
    Han sido vuestras palabras de franco arrepentimiento
    las que me han animado a veros.
    A pesar del gran disgusto nuestra última entrevista.
    Nunca me perdonaré haberos ofendido.
    Majestad,
    mi señora,
    desde nuestro primer encuentro habéis sido mi luz y mi guía.
    En los tiempos oscuros, en tierra extraña,
    vuestra imagen ha inspirado todos mis actos.
    Pues si en tanta estima me tenéis,
    ¿por qué os obstináis en querellaos contra la Corona?
    ¿Acaso no os he amparado, no os he dado títulos y prebendas,
    no he mirado por vos?
    Esos títulos me han sido arrebatados.
    ¡Decenas de cartas e informes contra vos
    llegaron a nuestras manos!
    Aunque me pese, no puedo cerrar los ojos.
    Son falsedades, calumnias.
    Siempre os he defendido, ante todos.
    Yno arrepiento,
    pues desde el primer día, nos unió un vínculo especial.
    Poco importa lo que decida la justicia,
    pues en vuestro corazón soy la culpable de vuestra desdicha.
    Y para mí no existe peor condena.
    No, os lo ruego, no me dejéis.
    Yo...,
    solo pido justicia.
    Estoy en vuestras manos, señora.
    Escuchadme bien:
    vuestras rentas y bienes os serán restituidos.
    Gracias.
    Gracias, majestad, gracias.
    Pero vos renunciaréis a reclamar los títulos perdidos a la Corona.
    ¿Qué contestáis?
    ¿Os sentís bien, mi señora?
    Estaréis fatigada.
    El paso de los Pirineos es siempre ardua empresa.
    Creo que otros que han sufrido más por tan largo viaje.
    ¿Es eso lo que os preocupa?
    Desde hace rato os veo ensimismada.
    El encuentro con mis padres me inquieta.
    ¿Por qué?
    Vuestra madre apenas puede contener el ansia por veros de nuevo.
    Les he agraviado y temo que me lo han hecho pagar.
    Felipe tiene razón,
    parece como si ya no les importara.
    Alteza,
    los reyes os aman sobre todas las cosas.
    Seguro que cualquier malentendido así se habrá de aclarar.
    Así lo quiera Dios, excelencia.
    Bastantes pesares hemos padecido ya.
    Pocos jinetes veo.
    Cierto.
    Sed bienvenidos de nuevo a Castilla.
    ¿Y sus majestades?
    ¿Dónde están mis padres?
    Les ha sido imposible cabalgar hasta aquí para recibiros,
    mi señora.
    Vuestra madre sufre unas fiebres pertinaces
    que no le dan tregua.
    Mi madre ha cabalgado encinta, ha atravesado campos de batalla,
    ¿y no ha podido venir a recibir a su hija?
    Seguidnos,
    allá en el valle hay una aldea donde os esperan con comida y bebida
    para descansar de vuestro viaje.
    Necesito un cirujano.
    (Gime).
    ¡Felipe!
    (Grita de dolor).
    ¿Es este el recibimiento que ofrecen los reyes a sus herederos?
    Ved a mi marido postrado y doliente en este lugar perdido.
    Calmaos.
    Si es necesario, llamaremos al galeno de la corte.
    Pero la dolencia de vuestro marido no es grave.
    El largo camino a caballo parece el único motivo.
    En cuanto se recupere,
    podréis ir al encuentro de sus majestades.
    ¡Mis padres deberían estar aquí!
    Ya os hemos explicado...
    ¡He escuchado vuestras razones y no me convencen!
    Si hemos llegado sanos y salvos,
    ha sido a la intercesión del archiduque.
    ¿Así es como Castilla agradece sus desvelos?
    ¿Recibiéndonos en nuestro futuro reino
    sin los honores que nos corresponden?
    Mi señora,
    hay un hombre en esta aldea del que aseguran
    que cura cualquier dolencia.
    Pues a qué esperáis para ir en su busca.
    Tentada estoy de volver a Flandes y dejar atrás tanta ingratitud.
    Y ahora, contadme en confianza,
    ¿es cierto que es la salud el motivo de su ausencia?
    Sus majestades quieren frenar la petulancia del archiduque
    tanto como sus pretensiones.
    Pero, como bien habréis comprobado,
    siente una devoción sin límites por su marido.
    Sí,
    algo sabía,
    pero no podía imaginar cuánto.
    Parece que es más sagrado que el papa de Roma.
    Temo que la decisión de sus majestades
    solo traiga el enfrentamiento con su hija.
    Justo lo que desea el borgoñón.
    Todavía estamos a tiempo de enderezar las cosas.
    Esta tarde partiréis hacia la corte.
    "Cuándo leáis esta carta, navegaremos hacia Inglaterra.
    Pero una parte de mi corazón queda aquí, junto a mis padres.
    Vuestro ejemplo y vuestra memoria me ayudarán
    a cumplir con mi deber de reina.
    Espero hacerlo
    con la misma dignidad y sensatez que vos, madre.
    Señor,
    protege a mi hija.
    Tú, que has llamado a tu lado a Juan e Isabel,
    permite que Catalina pueda conocer la paz y la ventura
    que otros no podrán disfrutar.
    ¡Estáis loca!
    No permitiré que un bellaco me ponga las manos encima.
    Todos aseguran que este curandero
    hace milagros con sus hierbas. -¡No seáis necia, Juana!
    ¡Qué podrá lograr que no hayan hecho mis cirujanos!
    Pero si ellos no encuentran el remedio,
    ¿qué haremos, mi señor?
    (Gime de dolor).
    Hacedle venir.
    Si no alivia de mis males, haré que le corten las manos.
    Dice que permanezcáis tumbado y os dejéis hacer.
    No perdamos tiempo pues.
    Doy gracias a Dios por vuestra mejoría, mi señor.
    Es tanta que pareciera obra del diablo.
    No mentéis al diablo, eminencia.
    Solo pensad que pronto tomaremos de nuevo nuestro camino.
    Celebraré salir de este lugar perdido de la mano de Dios.
    No partiremos antes de que vea a ese hombre de nuevo.
    Hacedle pasar.
    Acercaos.
    ¿Quién os instruyó en estas artes?
    Las conozco desde niño.
    Como veréis,
    vuestros remedios han hecho su efecto.
    Y eso me complace.
    En recompensa, estoy dispuesto a daros lo que queráis.
    Prudencia, mi señor, prudencia.
    Podríais tener un puesto en mi séquito como médico personal.
    Decid,
    ¿qué deseáis?
    Que os marchéis de aquí.
    Quitad a este bellaco de mi vista.
    Triste recibimiento nos está haciendo Castilla.
    Así que nuestra hija nos cree culpables
    de los males de su marido.
    Temo, majestad,
    que Felipe haya deformado los acontecimientos
    para darles otro sentido.
    Doy fe de que es maestro en ese arte.
    Y mi hija ama ciegamente a su marido,
    algo que también juega en nuestra contra.
    ¿Qué ordenáis entonces, majestad?
    Demos al archiduque el recibimiento que se merece.
    Veo que es de uso en esta corte
    someter a sus invitados a largas esperas.
    No es lo acostumbrado, excelencia.
    Pronto nos recibirán.
    No estéis tan segura,
    ya vimos nuestra importancia en Fuenterrabía.
    Soy su hija, su heredera, y vos mi esposo.
    Y si tengo que recordárselo, así lo haré.
    Se abre la puerta
    Sus majestades os recibirán ahora.
    Hija mía,
    cuánto ansiábamos teneros aquí de nuevo.
    Bienvenido.
    Despedí a una niña
    y ahora recibo a una mujer.
    Parece que hemos evitado comenzar con mal pie.
    El tiempo dirá qué nos aguarda.
    Perdonad que os importune, pero traigo noticias.
    Vuestro padre ha casado a vuestra hermana Margarita
    con el duque de Saboya.
    ¡Maldición!
    ¿Por qué siempre ha de fastidiarme?
    Señor, en este caso, no ha sido idea de vuestro padre.
    Una carta de Fernando al emperador llegó en el momento oportuno.
    Así que mi suegro muestra una de sus caras,
    mientras oculta la otra.
    Bien,
    si ese es el juego, ha encontrado adversario a su medida.
    Dios, y con él nuestros señores,
    han querido que sea la serenísima archiduquesa infanta doña Juana
    la heredera de estos reinos,
    y que sea jurada por nos como princesa de Asturias,
    junto a su esposo, y príncipe consorte,
    don Felipe.
    No os apartéis de Felipe,
    estad atento a todo cuanto hace y velad por Castilla.
    Haced llegar esta carta al rey de Francia.
    Si no mandamos refuerzos,
    ni siquiera Gonzalo evitará que Francia nos eche de Nápoles.
    Dios,
    que hasta aquí me trajo,
    no ha querido que yo, Catalina de Aragón,
    fuese un día reina de Inglaterra.
    Seréis tan indispensable en Castilla como en Flandes.
    Todo sea en favor del archiduque.
    Juana y él nos sucederán en el trono.
    Es hora de que lo asumáis y atenuéis sus consecuencias.
    ¡Habrá que ver si se cumple!
    Haced que traigan a nuestros hijos,
    que se reúnan con nosotros en Castilla.
    ¿Es idea de la reina?
    Si la infanta es virgen,
    su matrimonio será anulado.
    Debéis permanecer en Aragón,
    y hacer que las Cortes cumplan su cometido.
    ¡Majestad!...
    ¡Ayuda!
    (Grita): Ayuda a la reina.
    Mi señora,
    nos están esperando.
    Si la reina muere,
    pensad a lo que nos enfrentaremos.
    ¿Puedo confiar en vos?
    ¿Qué ha ocurrido?
    Es...
    la reina.
    Subtitulación realizada por Cristina Rivero. 
    _____________________________________
    NOTIZIE STORICHE.

     

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