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Isabel - Capítulo 5
Transcripción completa.
¿Y cuál es la verdad?
Que vamos a jugarnos la vida
en Olmedo
y que echamos en falta
a Pacheco y sus tropas.
Yo ocuparé su lugar.
Nunca hay que menospreciar
a los ejércitos de Carrillo.
Ni los de Pacheco;
ha vuelto al bando rebelde.
No salgáis de la tienda
ni dejéis que nadie entre
hasta que yo vuelva.
Vámonos de aquí,
no quiero ver ni un muerto más.
Señor, debéis proclamar la victoria.
Vámonos de aquí.
¿Hemos vencido?
Para vencer en el campo de batalla,
el rey debe proclamar su victoria,
y vuestro esposo no lo ha hecho.
(Todos): Viva.
¿Mi hermano,
sabéis algo de él?
Alfonso sí proclamó la victoria.
Exige la custodia de Isabel
y de vuestra hija.
O de lo contrario tomarán Segovia.
Conozco esta ciudad,
es infranqueable.
Esas puertas se abrirán
desde dentro, no desde fuera.
Majestad.
Isabel, levántate, por favor.
No me fío de Pacheco
y tampoco de Carrillo,
ellos no me gustan
y yo no les gusto a ellos.
Solo puedo confiar en ti y en Chacón.
Hay que cercar la ciudad
y volver a tomarla,
todavía tenemos partidarios dentro.
-Me temo que la mayoría ha muerto.
Iremos a negociar.
Creo que justicia
conceder la petición
de que doña Juana de Avis
y su hija sean separadas
la una de la otra
y mantenidas en custodia
para garantizar
el cumplimiento de la tregua
solicitada por Enrique.
Permitidme que os presente
a don Pedro de Castilla,
uno de mis hombres de confianza.
¿Toledo ha caído
por arte de magia, marqués?
No sé de qué me habláis, majestad.
-Ni yo sé qué negocios tenéis allí,
pero seguro que han salido
beneficiados con lo ocurrido.
Y no me extrañaría
que Segovia volviera a Enrique,
si existe una buena oferta.
No os hagáis la recatada,
todos sabemos de vuestra fama.
¡No os metáis
en lo que no os concierne!
El rey... está ardiendo.
¡Alfonso, Alfonso!
(Llora): Alfonso, Alfonso, Alfonso.
Subtitulado por Teletexto-iRTVE.
(Reza en latín).
Isabel no quiere que se la moleste.
Pues algo habrá que hacer:
tenemos que enviar cartas
a las villas, a nuestros aliados.
Tienen que comprender
que no nos rendimos todavía.
A rey muerto, rey puesto.
Es ley de vida, Isabel debe empezar
a asumir sus responsabilidades.
Y lo hará, pero dejadla en su dolor,
dadle un poco de tiempo.
(Reza en latín).
¿Por qué os habéis llevado
a mi hermano?
¿No os he rezado
miles de oraciones?
¿De qué me ha servido?
Me apartaron de mi madre
y ahora me quitáis a Alfonso.
¿Es la penitencia
que debo cumplir por ser reina?
¿Queréis que mi corona
sea de espinas como la vuestra?
¡Decídmelo vos
que estáis en todas partes!
Juro que os serviré como reina
igual que os sirvo
como católica que soy.
Pero no me pongáis más a prueba.
Haced conmigo lo que queráis,
pero cuidad de los míos.
Si no entráis vos, entraré yo.
No entraremos ninguno de los dos.
Es nuestra reina,
dijisteis que estaba preparada
para esta responsabilidad.
Vos la conocéis bien,
¿dudáis de ello?
Hasta hoy no, pero ahora
debe dar un paso adelante.
Cuando tomamos Segovia,
la victoria era nuestra.
Debimos haberla rematado
y no perder el tiempo
en pactos y negociaciones.
Es hora de reaccionar.
Venía a presentarle mis respetos
y a darle el pésame.
No haría falta pésames
si no hubiera habido un muerto.
Malas consecuencias trae
el discutir con vos, marqués.
Calma, Gonzalo.
-Dejad, ya me defiendo yo solo.
¿Qué insinuáis?
Lo que ya sabéis.
Comprendo que sintáis
la pérdida de un ser querido,
cuanto más repentina es la muerte,
más fuerte nos golpea.
No finjáis, por favor.
Si de verdad sintierais pena o dolor,
no os habríais dado más prisa
en lucir la cruz de Santiago
que en dar el pésame.
Callaos de una vez,
¿quién os creéis que sois?
Tenéis razón,
solo soy un doncel
que se ha quedado sin señor.
Sin señor y sin dignidad.
-Dignidad, la que a vos os falta.
Estas no son maneras, retiraos.
Estáis cruzando una línea
que jamás deberíais traspasar.
Sí, por favor,
desenvainad, Pacheco.
Será la última cosa
que hagáis en vuestra vida.
¿Tan complicado
es dejar vuestras discusiones
en un momento como este?
Ni siquiera
podéis esperar unas horas.
Perdonad, majestad.
¡Os ordeno que os retiréis!
A todos.
No debemos perder de vista
nuestro objetivo:
salimos en busca de nuevos ejércitos
para recuperar Toledo
y llevamos aquí días parados.
Por una causa mayor.
-Lo sé, lo sé.
Pero Alfonso,
que Dios guarde en su gloria,
entendería lo que estoy diciendo.
¿Tenéis algo que decir?
Líbreme Dios,
cada vez que abro la boca
se arma la gresca.
Nuestros ejércitos deben avanzar,
hacer un alto
nos debilitaría ante el enemigo.
¿Cuál es vuestra opinión, Isabel?
Quiero viajar a Arévalo.
He perdido un hermano
y con el que me queda
estoy en guerra,
solo tengo a mi madre
y quiero verla.
Los caminos son peligrosos.
Iremos Gonzalo y yo, solos.
Cuanto menos boato,
menos llamaremos la atención.
Pero, majestad,
tal vez no sea el momento.
Lo es.
¿No he firmado como reina?
Pues como reina lo ordeno.
Bien empezamos;
la reina antepone
su interés personal al común.
Mal la habéis enseñado, Chacón.
Tenéis razón.
¿Reconocéis ser un mal maestro?
No, me refería
a que siempre que abrís la boca
es para armar gresca.
Si seguimos a este paso,
le va a contagiar
la pena a los caballos.
¿Y qué proponéis hacer
para evitarlo?
Dicen que sois una buena jinete.
Ponedme a prueba.
Estoy seguro de que llego
al otro lado del lago antes que vos.
Lo dudo.
Estaréis contento,
ya tenéis la Orden de Santiago
en vuestras manos.
Gracias a vos
que la negociasteis.
Y a la muerte de Alfonso.
A veces pienso que tenéis un pacto
con la de la guadaña,
siempre os beneficia.
En eso debo parecerme a Isabel.
-¿Qué estáis diciendo?
La muerte evitó su boda
con Pedro Girón,
y la muerte le ha puesto en bandeja
la corona que era
de su hermano Alfonso.
¿Qué insinuáis?
Nada, ¿y vos?
Parece que os fiais más
de la palabra de un doncel
que de la mía.
Estamos juntos en esto,
somos familia.
Juradme que no habéis tenido
nada que ver.
¿De qué dijeron los médicos
que murió mi hermano, Pedro Girón?
De muerte natural.
¿Y qué han dicho
de la muerte de Alfonso?
Muerte natural.
Pues si los que saben dicen eso,
por qué íbamos
a llevarles la contraria?
Vayamos a comer,
celebremos que estamos vivos.
No dejáis de pensar en vuestra hija,
¿verdad?
Sí.
Todos los días pienso en ela.
Me pregunto
si me echa de menos, si...
si se esmera en sus labores,
o qué nombre le habrá puesto
a su nueva muñeca.
Llaman a la puerta
¡Adelante!
Buenas noches, majestad.
-Buenas noches.
Retiraos.
Traigo noticias buenas para vos.
Alfonso de Trastámara
falleció hace unos días.
Tanta gloria tenga
como paz nos deja.
Esto allana el camino
de vuestra hija al trono.
Majestad, la suerte
está de nuestra parte.
Por fin podré verla.
Dios quiera
que todo vuelva a ser como antes.
¿Se sabe ya qué hará el rey?
-Atacará, seguro que atacará.
No insistáis, no atacaremos.
Pero majestad es nuestro momento:
hemos recuperado Toledo y Burgos,
y ellos están aturdidos
por la muerte de Alfonso.
Isabel ya firma como su heredera.
Esa muchacha como reina de Castilla,
¡qué barbaridad!
Nadie en su sano juicio
la tomará en serio,
el pueblo sabrá de qué lado ponerse.
¿Queréis saber qué piensa el pueblo?
Leed esto, Cabrera.
"No veis cuán desbaratado
está todo lo sembrado.
Las ovejas esparcidas,
las mestas todas perdidas
que no saben dar recaudo,
Porque en tiempo de división
el rey, que es cabeza, no es acatado
y lo de la Corona real
está todo disipado".
Eso es lo que piensa el pueblo,
Mendoza.
¿Y vais a hacer caso
a unas coplillas populares?
Si dicen la verdad,
por qué no.
Majestad, el bando rebelde
está debilitado sin Alfonso,
si avanzamos ahora podríamos tener
la victoria definitiva.
No, estamos de duelo:
ha muerto mi hermano.
Era un niño.
Un niño que os traicionó.
Un niño.
Y quiero que los Castellanos sepan
que igual que ellos
lloran por sus muertos,
yo lloro por los míos.
Excelencias.
-Señora.
Por sus caras, la reunión
no ha debido de ir muy bien.
Para ellos, no.
El rey ha ordenado
duelo para Alfonso.
¿Y de eso se quejan?
-No.
Se quejan de que el rey no aprovecha
y ataca al enemigo ahora.
Y tú qué opinas.
No lo sé, Beatriz,
¿a qué viene
tanto duelo por su hermano?
Cuando vivía,
ni le dirigía la palabra.
Alfonso e Isabel
iban por palacio como dos extraños.
Pobres.
Me gustaría ahora tanto
estar al lado de Isabel.
Y a mí ayudaros a ello,
pero sabéis que no es posible.
Lo sé, amor mío, lo sé.
Coser vuestra propia mortaja,
¿a quién se le ocurre tal idea?
Si no queréis bordar conmigo,
no bordéis.
Sí quiero, pero dispensadme
de ver cómo os la probáis.
Tarde o temprano
me tendréis que ver con ella.
Eso será si el Señor
no me llama antes.
En ese caso,
podríamos también bordar la vuestra.
Francamente,
prefiero coser manteles.
Madre.
¡Isabel!
¡Mi niña!
Lleváis luto.
Sí, madre.
Vos sois el doncel de mi hijo.
¿Y Alfonso?
¿Dónde está Alfonso?
Alfonso ha muerto.
¿Cómo fue?
¿En el campo de batalla?
Sí, así fue.
Murió luchando.
Dejadme sola, os lo ruego.
Recemos juntas, madre.
No, no.
No quiero rezar,
solo quiero estar sola.
Pedro, por fin os encuentro.
¿Qué os pasa?
¿De verdad deseáis
que todo vuelva a ser como antes?
¿Escuchasteis
lo que hablé con Fonseca?
Sí, lo escuché.
Y hay cosas que no entiendo.
¿Cómo era ese "antes"
que tanto echáis de menos?
Explicadme.
Tranquila, yo os diré cómo era
ese pasado al que queréis volver:
un marido que no os ha amado,
que no ha sabido defenderos
y que os tiene abandonadas
a vos y a vuestra hija.
Pero, ¿cómo podéis añorar todo eso?
Traje a mi hija al mundo
para que fuera reina,
eso está por encima de todo, Pedro.
Solo una pregunta,
¿me amáis?
Os amo como no he amado nunca,
pase lo que pase,
recordad estas palabras.
Vos me defendisteis con valentía,
sin importaros lo que podíais perder.
Me miráis como mujer,
no como una reina.
No hagáis esto más difícil, Juana.
¡Juana, Juana! ¿Qué os pasa?
¡Juana!
Clara, ¿cenaréis con nosotros?
No, alteza.
¿Entonces?
Tu hermano Alfonso
siempre se retrasa, ya lo conoces.
No hay calentura.
¿Y los mareos?
-Por las mañanas.
Bascas y desfallecimientos.
Me aflige tener a mi hija lejos.
-Y a otro mucho más cerca.
¿Cómo?
¿Qué habláis?
Del hijo que lleváis en las entrañas.
¿Qué? No puede ser.
No manchasteis la primera luna
y pronto se cumplirá la segunda,
veremos quién lleva razón.
No os marchéis, por favor.
Por favor.
Monseñor no puede saberlo,
si lo sabe, lo sabrá el rey.
Y eso no puede ser.
Seré una tumba,
sé que sois generosa.
Lo seré.
Y más si...
me ayudáis a deshacerme de él.
Si eso es lo que queréis,
cuanto antes, mejor.
Así sea.
No puedo dejarla sola.
No podéis abandonar la lucha ahora.
Vuestra madre tiene a Clara
y a sus sirvientes.
No le faltará de nada, majestad.
Le faltarán sus hijos,
¿qué más le puede faltar?
¿Y si me estoy equivocando?
¿Y si todo lo que estoy haciendo
es para acabar como ella?
¿De qué me servirá todo
lo que haya logrado entre medias?
No os dejéis llevar
por el sufrimiento, majestad.
Gonzalo, gracias.
Gracias por haber estado siempre
al lado de Alfonso y de mí.
No ha sido fácil.
¿Os acordáis cuando me obligabais
a estar a 20 pasos de distancia?
Perdón, perdón.
Yo...
Será mejor que me retire.
Juana.
-¿Sí?
Perdonadme por lo del otro día.
No hay nada que perdonar
a quien tanto me ama.
Prometo no daros más disgustos,
sabré estar en mi lugar
y no soñar con futuros imposibles.
¿Queréis dejar de hacer la cama,
que ya me encargo yo?
Es la cama de mi madre.
Está bien, pero a cambio
contadme cómo se encuentra mi esposo.
¿Otra vez?
Si os lo he contado muchas veces.
Mejor, así es como si le viera
y estuviera aquí conmigo.
Le echáis de menos.
Tanto como él a vos.
Seguro que no tiene
ni tiempo para eso.
En cambio aquí
pasan las horas tan despacio.
Pero no debo quejarme,
ya sabía con quién me casaba.
Hay deberes que están
por encima del amor, Isabel.
Tenéis razón.
Pero a veces dudo
de si tanto sufrimiento
merece la pena.
No podéis hablar
como si fuerais una vieja amargada,
tenéis toda la vida por delante.
A mi edad,
cualquier muchacha está casada
y yo no soy capaz de entender
el afecto de quienes me rodean.
Cualquier hija de campesina
podría darme lecciones de vida.
Escuchadme, Isabel.
Cualquier hija de campesina,
de panadero o de noble
y sus hijos,
y los hijos de sus hijos
jamás os podrán dar
lecciones de nada.
Las lecciones
se las daréis vos a todos ellos
porque seréis su reina.
Y su futuro y el de Castilla
estará en vuestras manos.
Ese es vuestro destino.
Está por encima de todo, Isabel.
¿Duele mucho?
-Si todo va bien, no.
Al menos, ¿es rápido?
¿Os sabéis el romance
del rey moro que perdió Valencia?
Pues empezad a recitarlo.
Con un poco de suerte,
solo hará falta
que lo repitáis un par de veces.
(Susurra).
¿Qué estáis haciendo?
¡Salid!
-No.
¡Salid, hija de puta!
¡Salid! ¡Ya!
¿Por qué, Juana?
Porque sería la deshonra del rey.
-¿Del rey?
Sí.
-¿Qué rey?
Porque por aquí
no se ha dejado ver nunca.
¿Cuántas cartas
os ha escrito vuestro rey
desde que estáis lejos?
¿De verdad creéis
que os echa de menos?
Pero Pedro,
tengo que pensar en mi hija.
Me he jugado mi honor,
y daría mi vida por vos
si fuera necesario.
Ya lo sé.
Lo sé, lo sé, lo sé.
Quiero al hijo
que lleváis en vuestro vientre.
Él no es menos que vuestra hija
porque yo no sea rey,
él no tiene la culpa de nada.
Si es verdad que me amáis,
si es verdad que nadie nunca
os quiso como yo,
os lo suplico,
dejad que nuestro hijo nazca.
Clara.
¿Qué haces aquí?
¿Me echabas de menos?
¿No se me nota?
No traerás malas noticias.
No, vengo a buscar a Isabel.
Partes de nuevo a Ávila.
Sí, mañana con las primeras luces.
Lo siento, Clara, es necesario.
Hay asuntos graves que tratar
e Isabel tiene que volver.
Pobre,
se resiste a dejar sola a su madre,
es una buena hija.
Sí, pero ahora Isabel
debe ser una buena reina.
¿Cómo está su madre?
Mal, lo de Alfonso
ha sido un golpe muy duro.
Pero ahora me preocupa más
la hija que la madre.
¿Hay temor de un ataque de Enrique?
Eso se teme Carrillo,
pero no ha dado señales de vida.
Por si acaso,
debemos volver cuanto antes a Ávila,
allí estaréis protegida.
Partiremos al amanecer.
Así se hará.
Don Gonzalo.
Decidme, majestad.
¿Podría acompañarnos mi madre?
No me gustaría dejarla aquí sola.
Aquí está acompañada y protegida,
necesita tranquilidad y sosiego;
justo lo que no tendrá
viniendo con nosotros.
Lo siento, Isabel.
Un poco más de agua, por favor.
Vaya, por fin decís algo.
Estáis en Castilla
y aquí se come con vino; servidle.
No, prefiero agua, gracias.
¿Os encontráis mal?
Si es así,
mañana no podréis partir a Ávila,
traigo soldados suficientes
de escolta.
Muy mal tendría que encontrarme
para no cumplir con mi obligación.
Permitidme que os ayude.
-Ni se os ocurra.
No entiendo por qué
tengo que estar yo sentado
y vos sirviendo.
Aquí sois invitado, y alguien
se tiene que encargar de servirles.
Pastel de cabrito.
Voy a ir a ver a la señora,
a ver si puedo hacer que coma algo.
Os acompaño, así os echo una mano.
Qué manía tiene
todo el mundo hoy de ayudarme.
Come tranquila.
Clara, dejad que os acompañe.
Venid, pues.
Tenéis mucho aprecio a doña Isabel,
¿verdad?
El mismo que tenía por don Alfonso,
que en paz descanse.
El problema del aprecio
es que se pueda confundir
con otras cosas.
No entiendo qué queréis decir.
Bien lo sabéis.
Y yo también.
Isabel está destinada
a reinar en Castilla
y hay afectos que una Corona
no se puede permitir,
ni ciertas distracciones.
Si realmente
queréis servir a la reina,
abandonad su séquito
cuando lleguemos a Ávila.
Aún se necesitan hombres como vos
en el campo de batalla.
Pero excelencia...
Si queréis a Isabel es lo mejor.
Así lo haré, excelencia.
Procurad que lo dicho aquí
quede entre los dos.
Por mi honor que así será.
En ese caso quedo tranquilo,
de vuestro honor jamás dudaré.
Señora,
deberíais comer algo, por favor.
No tengo ganas,
y menos cuando es hora de despedidas.
No puedes mentirme,
lo veo en tus ojos.
Marchas, ¿verdad?
Antes de que despertéis
por la mañana.
No te preocupes por eso,
últimamente duermo muy poco.
Esta es mi vida:
despedirme continuamente
de las personas que amo.
Os prometo
que nos volveremos a ver pronto.
No prometas
lo que no sabes si puedes cumplir.
Acércate y dame un abrazo.
Que Dios te acompañe
y te dé fuerzas.
Rezaré por ti todos los días.
Debo prepararme para el viaje.
Adiós, hija mía.
Isabel.
Sí, madre.
Cuida bien de tu hermano,
aún es un niño.
No os preocupéis,
así lo haré.
Ya has hablado con Gonzalo,
¿qué te preocupa ahora?
A veces pienso
que vamos muy deprisa con Isabel.
Es fuerte.
Sí, pero hay que serlo demasiado
para soportar
lo que está viviendo ella
y para aguantar
la presión del poder.
Los nobles solo ven la Corona
como un instrumento a su servicio.
Es Pacheco quien te preocupa.
Sí.
¿Quién me iba a decir
que acabaría siendo el aliado
del asesino de mi mejor amigo?
¿Qué diría don Álvaro
si levantara la cabeza?
Te felicitaría.
¿Estás segura de ello?
Él era capaz de pactar con el diablo
por defender al rey,
y con Pacheco lo hizo muchas veces.
Hasta que le costó la vida,
como a Alfonso.
¿Qué quieres decir,
que Pacheco...?
No puedo decir nada
porque no tengo pruebas.
A veces pienso
que no le protegí como debiera.
Haces lo que puedes.
Sí, pero me siento muy solo,
necesito a alguien que me ayude.
He pensado en tu sobrino,
Gutierre de Cárdenas:
sabe de leyes, vivo de palabra
y sabe manejar la espada
si es necesario, y es leal.
Necesito tener más ojos
para que no se me escape nada.
Si perdiera a Isabel,
no me lo perdonaría.
No solo por Castilla,
son como nuestros hijos;
ya hemos perdido uno.
Hablaré con él
para que parta a Ávila cuanto antes,
que vuele con su caballo
si es necesario.
Marchad tranquilo,
no pasarán dos noches
sin que esté allí mi sobrino.
Le diré que sea tu sombra,
tus ojos, tus manos
y que te proteja
de cualquiera que pueda hacerte daño.
A ti o a Isabel.
Perdón.
Perdonadme vos, majestad.
Veo que no me reconocéis:
soy Gutierre de Cárdenas.
Soy el sobrino de doña Clara
y, por tanto, también de...
¡Cárdenas!
Os presento a mi sobrino.
Ya nos hemos presentado.
Don Gonzalo me habló de vos
durante el viaje,
perdonad que no os haya reconocido.
Es normal,
la última vez que nos vimos
erais una niña.
Es buen negociador
y experto en leyes;
cuantos más ojos, mejor veremos.
Bienvenido.
Si Chacón os ha elegido
es porque sois valioso,
no me cabe duda.
Gracias, majestad.
¿Sabéis algo de Gonzalo?
Anda desaparecido esta mañana.
Aún tengo que poner en orden
mis enseres, ¿puedo retirarme?
Contadme.
Gonzalo continuó el viaje,
se alistó voluntario.
¿Por qué nadie me ha informado?
Él mismo dijo
que no quería despedidas.
No lo entiendo,
¿no era feliz aquí?
Gonzalo es un soldado
y su misión es
luchar en el campo de batalla.
Del mismo modo
que la vuestra es gobernar.
Todos tenemos que responder
a nuestro destino.
Hay noticias: carta de Enrique.
¿Carta del rey?
-Sí.
Ha enviado a mensajeros con ella
a todas las villas
y ciudades de Castilla.
Por vuestra cara,
no parece que sean buenas noticias.
No lo son.
Últimamente nunca hay
buenas noticias en Castilla.
"Estimada Isabel.
Os hago saber
que estando en el villa de Madrid
me llegó la nueva
de la muerte de nuestro hermano.
Ruego a nuestro Señor
que le guarde y proteja.
Mi dolor es grande
tanto por ser mi hermano
como por morir
en tan tierna e inocente edad.
Suplico que por encima
de nuestros desencuentros
entendáis que mi dolor
es tan grande como el vuestro.
Y para que el pueblo
de Castilla lo sepa,
esta carta ha sido enviada
a todas sus villas y ciudades".
Conociéndoos, esperaba
una reacción más airada, majestad.
Se está poniendo en duda
el futuro de vuestra hija.
Enrique nunca defendió bien
a mi hija,
no me sorprende que no lo haga ahora.
Podéis retiraros.
Aún queda carta por leer.
-Es suficiente.
"He enviado este mensaje
a todos los rincones
para que todo castellano sepa
que su anhelo de paz es el mío,
como me gustaría
que fuera el vuestro.
Firmado: Yo, el rey".
Ahora quiere dialogar,
parece que Enrique
ha perdido la euforia en la batalla.
Normal en Enrique.
Y para qué quiere dialogar,
¿para seguir engañándonos?
Debemos aprovechar
este momento de flaqueza.
Debo advertiros
que su flaqueza no es tal.
Explicaos.
Muchos nobles,
después de la muerte de Alfonso,
han decidido cambiar de bando.
Y tras Toledo,
han recuperado Burgos.
Estamos en desventaja.
Clara y evidente.
Enrique promete paz
a todo con el que habla
y Castilla está cansada de guerras.
Si él tiene tanta ventaja
por qué iba a querer negociar,
seguro que son rumores.
-No, no lo son, os lo aseguro.
¿Y vos quién creéis que sois
para llegar nuevo y tomar la palabra?
Sí, tal vez sean rumores,
pero se pueden cambiar las tornas,
¿verdad Pacheco?
Usaremos el factor sorpresa:
atacaremos Burgos,
iremos a Alaejos
y raptaremos a su esposa.
Quien importa a Enrique es su hija,
y ella es inaccesible;
está bajo el cuidado de los Mendoza.
¡No podemos rendirnos!
¡Acepto vuestra opinión, eminencia,
pero no vuestras órdenes!
Yo dispongo el rumbo que tomaremos
y quiero que sea respetado
hasta las últimas consecuencias.
¿Y qué disponéis?
Negociar con Enrique.
Castilla no puede tener dos reyes,
y vos ya habéis firmado
cartas como reina.
Rectificar es de sabios,
renuncio a serlo.
Se enviarán cartas
a todos los lugares
para que lo sepan.
Cometéis un inmenso error.
El error sería
manchar de sangre la Corona.
Castilla necesita tranquilidad,
dejaré que reine Enrique
y cuando muera,
Dios le dé muchos años,
heredaré yo su Corona.
Los partidarios de Enrique
no os aceptarán,
querrán ver
a su hija Juana en el trono.
Yo puedo evitar que eso ocurra,
si vos lo ordenáis, por supuesto.
Hacedlo en mi nombre, Pacheco.
Iréis a ver a Enrique,
le llevaréis una carta
que escribiré con mi propia letra.
Ya es hora de salvar a Castilla
del caos en que está sumida.
No quiero que ningún soldado mío
muera en el campo de batalla.
¡Aaag!
(Respira fatigado).
Dios os guarde,
me acabáis de salvar la vida.
Me llamo Álvaro Yáñez.
Gonzalo Fernández.
Vos habríais hecho lo mismo.
¿Yo? Permitidme que lo dude:
eran cuatro y acabasteis con tres.
¡Estáis sangrando!
-No es nada.
(Quejido).
Vos lucháis sin temor,
como si no tuvierais que perder,
ni siquiera la vida.
Salgamos de aquí,
va a caer la noche.
Chacón, me habéis engañado.
Gracias a vuestra influencia,
todo el esfuerzo de la guerra
ha sido en vano.
¿Me acusáis de manipularla?
Ella es joven y os escucha siempre.
Os juro que no ha sido el caso.
Os seré claro, Carrillo.
Vos habéis cuidado
y protegido a Isabel como nadie
y nunca habéis faltado
a vuestra palabra.
Ellos son como mis hijos
y os estaré agradecido de por vida.
Podemos discrepar,
pero siempre os seré leal;
nunca os mentiría.
Entonces, Isabel...
Ha decidido ella sola.
Y estoy
casi tan sorprendido como vos.
Agradezco vuestra carta
y creo que es momento
de parar esta guerra
que a nadie beneficia.
Os respeto como rey
y juro no hacer nada contra vos.
Siento molestaros, majestad.
De momento,
con alteza es suficiente.
¿Se os ofrece algo?
El señor Chacón me ha informado
que estabais redactando
la carta de respuesta al rey.
Si necesitáis ayuda.
¿Tenéis experiencia
en escribir este tipo de cartas?
Ciertamente.
Esa suerte tenéis,
yo no tengo ninguna.
Pero no os preocupéis,
tengo muy claro lo que quiero decir
y mi caligrafía es clara.
Podéis ir a dormir tranquilo.
Como ordenéis, buenas noches.
Sí os pido una condición:
que lleguemos a acuerdos
para que los nobles
no utilicen la Corona
como si fuera suya,
y no ellos sus fieles servidores.
¿Satisfecho?
Es la respuesta que esperaba.
Lo sabía,
en cuanto leí vuestra carta
de condolencia
por la muerte de Alfonso,
sabía lo que queríais, majestad.
¿Es cosa vuestra?
Aconsejé a Isabel dar este paso.
Me costó más convencer a Carrillo,
ya sabéis que le gusta más la batalla
que el dinero a un judío.
No sé cómo no se hizo soldado
en vez de cura, ¿y Chacón?
Chacón no es nadie,
como todos sabemos.
Todo está bajo control,
como os prometí,
pero tenemos que dar
una respuesta a Isabel.
Yo mismo,
de mi puño y letra la convocaré
para negociar
todos los puntos de su carta.
Organizaremos
un encuentro en Guisando,
cerca de Ávila, donde reside,
de aquí a un mes.
¿Tanto tiempo?
He de mandar mensaje a Roma,
quiero que el papa
medie en los acuerdos
como testigo imparcial
y respetado por todos.
Llamaré a monseñor de Véneris,
nadie en Roma
conoce Castilla mejor que él.
Y nadie recibe más lisonjas y regalos
de vuestra parte.
Como me decíais de joven:
"el que algo quiere, algo le cuesta"
Veo que lo tenéis todo
muy bien pensado,
pero en estas negociaciones
todavía hay mucho traje que coser.
Isabel ofrece la paz,
pero a condición
de ser vuestra heredera.
¿En qué posición queda vuestra hija?
¿Ya creéis que verdaderamente lo es?
Creo en lo que me haga falta,
si me favorece.
Pero si queréis un consejo
como prueba de mi lealtad...
¿Cuál es?
Ir a Guisando con vuestra esposa.
Sin ella
vuestra posición es más frágil.
Pero Isabel...
Isabel no tiene
nuestra experiencia negociando.
Conseguiremos la paz,
pero no a cualquier precio.
Dejadme llevar los hilos,
¿de acuerdo?
De acuerdo.
¿Sabéis una cosa,
mi querido Pacheco?
Siempre seréis el mismo intrigante,
no tenéis remedio.
Ni vos tampoco.
¡Beltrán!
¿Qué hacéis aquí?
¿Acaso debo concertar cita
siendo el valido del rey?
Y vos,
¿qué hacéis esperando en la puerta?
Esperando a que acabe la reunión.
-¿Qué reunión?
Veo que no sabéis nada.
Buenos días, señores.
Pues ya sabéis lo mismo que yo.
¿Aviso de vuestra llegada al rey?
No hace falta,
supongo que hay confianza.
Quieta, quieta, por favor.
Entre que pinto fatal,
y con tanto movimiento...
Juana no te muevas.
-No, si te lo digo a ti, hija.
¡Es indignante!
Ve con la niña a jugar.
Quiero saber
lo que le pasa a mi marido.
Luego te lo contará,
anda, ve con la niña, por favor.
Ven conmigo, cariño.
Contadme.
El rey se ha reunido con Pacheco
para pactar las negociaciones de paz.
Serán en Guisando,
el 18 de septiembre.
¿Os lo ha dicho él mismo?
-Sí.
Y me ha dado orden
de informaros a vos.
A veces, con este rey,
me da la sensación de pasar
días de viaje para no moverme.
Sentaos, sentaos, por favor.
Y bebed un poco de agua.
Estoy harto de serle fiel,
de jugarme la vida por él
y ver cómo otros que le traicionan
reciben a cambio premios y lisonjas.
Vos siempre me habéis pedido
serle fiel al rey.
Os ruego por Dios
que esta vez no me lo pidáis,
no quiero volver a palacio.
Volveréis a palacio, Beltrán,
y lo harás porque yo te lo ordeno.
Por favor, don Diego.
Volveréis a palacio
a darle al rey un mensaje
de parte de la familia Mendoza,
de la que sois uno más.
Le diréis a Enrique
que nuestra lealtad se acabó.
Los Mendoza
hemos jurado por nuestro honor
defender y proteger
a su hija y heredera,
y lo hacemos
porque lo es y se lo merece.
Para mí ya es como una nieta,
lo sabéis.
Pero la lealtad de los Mendoza
tiene un límite: nuestro honor,
y el rey se ha burlado
de nuestro juramento.
Ninguno de nosotros
irá a Guisando, Beltrán.
Quiero dejar la Corte.
Cuando os plazca.
¿El rey quiere que le acompañe
al pacto de Guisando?
Sí, majestad.
Contad 30 días, solo 30.
Ese el el tiempo
que tardaréis en volver a la Corte,
a vuestra casa.
Mi casa.
Ya casi me había olvidado de ella.
¿Qué os sucede?
Pensé que la noticia os alegraría.
-Claro.
Sí, lo siento, solo que...
estoy tan sorprendida
que me cuesta expresar...
la alegría.
Creía que al negociar con Isabel
mi hija y yo
quedaríamos fuera del pacto.
Si Enrique os anticipa la noticia
con tanta previsión
es que quiere
levantaros el ánimo,
es que no se ha olvidado de vos,
ni de vuestra hija.
Sin duda,
este es un día grande para Castilla.
Os dejo que descanséis, majestad.
¿Lo ves?
Para entonces ya...
¿Qué voy a hacer ahora?
¿Enrique quiere negociar?
Sí, y nos ha citado en Guisando,
luego veremos en qué queda todo.
Habrá que ir bien preparados
y sabiendo la lección al dedillo.
Son buenas noticias, sin duda.
Sin duda lo son.
Decid a Carrillo
que ordene la vuelta a casa
de las tropas hasta nueva orden.
Vendrá bien mantener un retén
por si cambian las tornas.
Injusto, la negociaciones
llegarán a buen puerto,
ya lo veréis.
Ahora, si no os importa,
me gustaría estar sola.
¿Os encontráis bien?
Sí, de verdad.
Solo que necesito pensar
en todo lo que ha pasado.
Han sido tantas cosas
y han pasado tan deprisa.
Por supuesto, alteza.
Don Gonzalo,
dejad los tratamientos pomposos
para cuando tengamos público.
Para vos soy Isabel simplemente.
Como gustéis.
¿No está demasiado melancólica
para tan buena noticia?
La entiendo,
negociar con Enrique
es complicado, os lo aseguro.
Agotaría la paciencia del santo Job.
Si es eso...
¿Pensáis en otra cosa?
No sé,
vos la conocéis mejor, pero...
¿seguro que está preparada
para todo lo que se le viene encima?
Ni se os ocurra dudar de eso.
¡Gonzalo, Gonzalo!
¡Gonzalo!
¡Gonzalo, por fin te encuentro!
¡La guerra ha terminado,
ya no hay guerra!
¡Despierta!
Despierta.
Aguanta, aguanta, amigo,
no te vayas a ir
ahora que todo ha terminado.
(Grita): Ayuda, ayudaaa.
¿Has acabado?
-Sí, majestad.
Con esto disimularéis.
Además,
aún no se os nota nada el embarazo.
Pero de aquí
a que llegue Enrique, sí.
Con este trasto
no voy a poder ni montar a caballo.
Así que ni vos ni don Diego
me acompañaréis a Guisando.
No, majestad.
Y también os comunico
que dejo la Corte.
¿Me abandonáis?
No dejáis otra opción.
Dejadnos solos, por favor.
No.
Es mi deseo que se quede
y sea testigo
de mi marcha y mis palabras.
¿Pero cómo puede creer
Diego de Mendoza
que voy a traicionar
a mi propia hija?
Negociar con Isabel es traicionar
a vuestra hija y esposa.
Cabrera, explicadle:
voy a buscar a mi esposa, a Alaejos,
para ir con ella a Guisando.
Así es,
yo mismo he preparado el viaje.
¿Veis, lo veis?
Simplemente, ahora cedo unas cosas,
pero lo arreglaré, como siempre.
Con ayuda de Pacheco, supongo.
Por Castilla
soy capaz de pedirle ayuda
a él y al diablo, si hace falta.
Cuidado,
no sean los dos la misma cosa
y os acabéis quemando.
¿Por qué premiáis
la traición y el deshonor, majestad?
Los Mendoza hablan mucho del honor,
se os ha acabado pegando,
por lo que veo.
Y a mucha honra.
¿Y de qué sirve el honor
si hay tanta muerte y miseria?
Es muy fácil hablar del honor
para un noble,
y hasta para un rey, como yo,
¿sabéis por qué?
Porque el hambre no llega
a mansiones ni a palacios.
A veces pienso que la peste
es el único invento de Dios
que nos hace iguales
a todos los hombres,
porque no hay dinero para sobornarla
ni yugo con qué someterla.
Os queréis marchar, hacedlo,
no os apreciaré menos por eso,
pero decidle a los Mendoza
que no consiento
que nadie le dé al rey
lecciones de honor.
Porque no me importa arrastrar
el mío
y el de mi familia por los suelos
si es por la paz de mi pueblo.
Parece que es hora de despedirnos.
No queda otra, amigo mío.
Sois un buen hombre, Beltrán.
Lo mismo opino de vos.
Solo espero que nunca
tengáis que dejar la Corte
de la misma forma que yo.
¿Y Carrillo?
No quiere saber nada
de negociaciones con Enrique.
Es tan leal como testarudo.
Si os parece, podemos comenzar
a estudiar nuestra estrategia.
Comencemos.
¿Hay respuesta de Enrique
a nuestras condiciones?
No, alteza, solo nos han comunicado
que mañana nos visita
monseñor de Véneris,
el mediador papal.
Podía mediar
en que nos contestaran,
hace días
que mandamos nuestras cartas.
Sí, y dejamos las cosas
bien claras,
sobre todo en los relacionado
a los derechos de sucesión,
que serían vuestros,
y lo que se supone
para su hija, doña Juana.
Y en que yo no casaría con nadie
que no fuera de mi agrado.
También.
Al no responder
y no anular la cita de Guisando,
es de suponer
que todo les parece perfecto.
Entonces,
es que no lo es, ¿verdad?
En absoluto,
ya sabéis cómo negocia Enrique:
cara a cara hasta el agotamiento.
Aprendió de Pacheco.
Hasta pienso
que está preparando con él
el encuentro de Guisando.
Con Pacheco,
¿pero no es de los nuestros?
Pacheco no es de nadie, Cárdenas.
Deberías hablar con Carrillo,
lo necesitamos a nuestro lado.
Mañana viene monseñor de Véneris,
espero que me ayude a convencerlo.
¡No insistáis más!
No cederé.
Isabel, sabéis que os aprecio
y os admiro por vuestra entereza,
pero no me pidáis
lo que no puedo cumplir.
Ni siquiera por el bien de Castilla.
-¡El bien de Castilla!
Enrique no puede traer
más que desgracia
por su blandura
y su falta de mando.
No lo necesitamos.
-¡Enrique es el rey!
¡Callaos!
Ya os debí dar un buen mandoble
la última vez que nos vimos.
Seguid interrumpiéndome
y os lo daré ahora.
Si quisierais,
juntos podríamos conseguir que el rey
nos recuperara glorias pasadas.
¿De qué glorias pasadas me habláis?
¿Acaso no es Castilla
la ubre de la que maman los nobles
hasta dejarla exhausta?
Todo eso tiene que cambiar.
Enrique no lo permitirá.
Pues habrá que obligarle a hacerlo,
por eso os necesito.
Desde que os conocí
sois mi protector y fuerza armada.
Nuestro viaje
no terminará en Guisando,
sino que comenzará ahí.
Si pactáis con el rey,
ya se encargará él
de que yo no pueda
continuar ese viaje.
¿Creéis que no se vengará
de mis afrentas?
Enrique sabe
que nunca volveré con él,
que no soy hombre de pactos,
ni me gusta hacer pasillos.
Tengo las manos manchadas de sangre
por esta guerra.
Le será fácil encontrar excusas
para acabar con mi vida,
si es necesario.
Os lo juro por los clavos de Cristo
que eso no ocurrirá.
Traigo poderes del papa para perdonar
todos los pecados y faltas
a los que han participado
en esta contienda.
Vos no tenéis porqué ser menos,
yo mismo escribiré un documento
garantizando vuestra seguridad
y vuestra hacienda.
¿Llevaríais ese documento a Roma
para que el papa lo avalase?
Si es vuestra voluntad, así lo haré.
¿Me acompañaréis ahora a Guisando?
Os acompañaré.
Alteza, venid de inmediato.
¿Qué ocurre?
Gonzalo.
Gonzalo.
No os oirá, lleva días dormido.
¿Qué le pasa?
Le hirieron por salvarme la vida.
Avisaré a un médico,
llevadle a las alcobas de invitados.
¡No! A la habitación de Alfonso.
¿A la habitación de Alfonso?
Era su mejor amigo.
Nadie mejor que él
para ocupar su alcoba.
Seguidme.
¿Se recuperará?
Ha perdido demasiada sangre
y la herida del costado está mal.
Está muy débil.
Volveré esta noche,
para limpiarle la herida.
¿No puede hacer nada más por él?
Rezar, alteza, rezar.
Siempre ha sido un luchador,
se recuperará.
¿Qué hacéis que no dormís?
¿Y vos, por qué no dormís?
Veo que seguís fielmente
las órdenes de mi esposa.
Sí, pero no necesito órdenes
para preocuparme por vos.
¿Isabel sigue al lado de Gonzalo?
Sí.
¿Teméis que ese muchacho
pueda distraerla de sus tareas?
Así es.
Gonzalo juró que no volvería,
pero no le puedo recriminar eso.
Ni sabe que está aquí,
al lado de su amada.
Y probablemente...
nunca lo sabrá.
Gracias a Dios.
Llevo demasiado tiempo en política,
Cárdenas.
¿Por qué decís eso?
Porque nunca
la recuperación de un buen hombre
me había alegrado tan poco.
El bien general
está por encima del particular.
Así es, y por eso lucho.
Pero he visto morir
a demasiada gente que quiero.
Quiero que seáis testigo
de lo que voy a decir
y recordármelo si no lo cumplo.
Juro que cuando Isabel sea reina
lo dejaré todo,
ya habré cumplido mi misión
y vos me sustituiréis.
No, gracias.
Me sustituiréis.
Yo volveré con mi esposa a vivir
los días que me quedan feliz,
sin desear la muerte
de un hombre de bien
como lo estoy haciendo hoy
por el futuro de Castilla.
¡Juana!
-¿Qué?
Debemos salir esta noche.
Fonseca ha recibido carta confirmando
que el rey llegará mañana.
¿Qué os pasa?
-Que no sé qué hacer.
¿Qué charlas son estas?
Y a esta hora de la noche.
¿Estáis embarazada?
¿De vos?
(Grita): ¿Vos?
-(Grita).
¿Deseáis algo más?
Vuestro testimonio
ha sido de gran ayuda, marchaos.
¿Qué clase de sirvientes tenéis
que no os informan de nada?
Las despediré inmediatamente,
os lo aseguro.
Eso.. eso es
lo que debería hacer yo con vos,
despediros de la Corte
¡y quitaros vuestros cargos!
¿Cómo es posible que no supierais
lo que estaba pasando
delante de vuestras narices?
(Rabioso): Mi esposa embarazada.
Vino aquí para ser cuidada
y vigilada por vos
y resulta que la jode
vuestro propio sobrino.
Perdonadme, majestad,
lo siento profundamente.
Lo que yo siento
es que no os dieran en la nuca,
como a los conejos.
Fuera.
¿Queréis que avise...?
(Grita): Fuera.
Me abandonan los Mendoza,
y ahora descubro que mi esposa
va a tener un hijo de otro.
Hasta ahora,
bastante tenía con defender
que mi hija era mía.
Tranquilizaos, majestad.
Quiero que enviéis soldados
a buscar a Juana y a ese cabrón.
Que los encierren en palacio.
Así será, majestad.
No quiero
que nadie sepa de mis vergüenzas.
Si alguien descubre esto,
no tendré argumentos
que defender en Guisando.
¿No tenéis nada más que decir?
No, alteza, con lo hablado
podemos afrontar las negociaciones.
Perfecto.
Chacón, quiero pediros algo.
Decidme.
Deseo que cuando Gonzalo se recupere
sea nombrado jefe de mi guardia.
Pero...
Procurad que así sea.
Isabel, Gonzalo
lleva tiempo sin conocimiento,
lo extraño
es que no nos haya dejado ya.
El médico...
No me importa lo que diga el médico.
Dios no me fallará, no esta vez.
Alteza, esta madrugada
partiremos hacia Guisando.
Debéis estar centrada
en todo lo que hemos estudiado,
nos jugamos el futuro en ello.
Lo sé.
¿Acaso dudáis de mí?
Yo solo digo
que si queréis ser reina
no podéis pensar
en nada más que eso.
Gracias.
Es Gonzalo,
ha vuelto en sí.
Gracias a Dios.
Buenos días, Gonzalo.
Habéis dormido una larga noche.
Creía que ya no iba
a volver a veros, alteza.
Empeño habéis puesto
en que pasara eso.
Vuestro amigo Álvaro
me dijo que luchabais
como si quisierais
encontrar la muerte.
No,
yo no quiero morir.
Yo solo quiero serviros.
Pues mal podréis servirme
si sois tan temerario.
Isabel.
Dime, Gonzalo.
¿Qué sentís por mí?
Respeto y cariño.
Quiero teneros junto a mí siempre,
como amigo y como soldado.
Sobre todo cuando sea reina.
Serviros...
Ahora tenéis que descansar,
hablaremos
cuando os hayáis recuperado.
Nunca dudéis de mí.
Comed algo más, Beltrán.
Sí, comed
y dejad de pensar en Enrique,
por lo menos
cuando estemos en familia.
No puedo, lo siento.
Pensar que pronto se reunirá
en Guisando con los rebeldes,
con Pacheco.
Castilla es fuerte,
sobrevivirá a este golpe
y nosotros ayudaremos a ello,
tranquilo.
Dios os oiga.
Me conformo con que me oigáis vos
lo que os voy a decir.
Hay lugares para hablar
de ciertas cosas,
y este ahora
no es uno de ellos.
Excelencia, tenéis visita.
¿A la hora de cenar?
¿Quién es el maleducado?
Majestad.
Soy yo, don Diego.
¿Qué hacéis aquí?
¡Mamá!
Necesitamos vuestra protección.
Nunca veréis a una reina rogaros
como os ruego vuestra ayuda.
¡Oh!
No diréis que no os trato
como a una reina.
La verdad es que nunca
había dormido en una alcoba real
hasta esta noche.
Ventajas de que el palacio
ahora esté vacío.
Me gustaría tanto
estar ahora al lado de Isabel.
Si todo va bien,
pronto la veréis.
Estupendo,
así podré darle la noticia.
¿Qué noticia?
Voy a ser madre.
¿Qué Castilla le tocará
vivir a nuestro hijo, Andrés?
Por su bien y el nuestro,
espero que en Guisando...
todo vaya bien.
Cambiad el gesto, majestad,
se os ve preocupado.
Es que lo estoy.
Pero ellos no tienen porqué saberlo.
Recordad, Isabel:
si Enrique está serio, vos también.
Si sonríe, sonreíd,
y si os mira fijamente...
Mantendré la mirada.
No os preocupéis, me sé la lección.
¿Está bien así?
Mejor.
Vayamos a su encuentro.
Tomad la palabra, de Véneris.
Sí, majestad.
Como legado papal declaro anulados
todos los juramentos de cada bando
en cuanto a la sucesión de la Corona.
Motivo:
la negociación que hoy comienza.
Es hora de mostrar respeto al rey.
Poneos en pie, poneos en pie;
no os postréis.
Sois casi la única familia
que me queda.
Que nunca volvamos
a estar en disputa, Isabel.
No lo estaremos más, majestad.
Abrazadme como a un igual.
Castilla, está llena
de estos pasquines.
Apresad a todo hombre
que esté armado.
¿De quién
la están protegiendo?
Del rey.
¿Sois consciente
de que utilizaré la fuerza
si es necesario?
Haced
lo que tengáis que hacer.
Sois el capitán
de mis ejércitos,
¿por qué lucháis
como un soldado?
Porque un buen capitán
lucha junto a sus hombres.
No volveremos
a entrar en guerra.
Mi familia ha hecho más
porque vuestra hija sea reina
que vos
con vuestra conducta indecente.
Para ganar la guerra
hará falta tiempo y dinero.
Necesitamos a Castilla
como aliada.
Quisiera que las negociaciones
de la boda fueran secretas.
Nadie guarda
un secreto como yo.
Enrique paga por el silencio,
y Roma hace palacios
con el oro de Castilla.
Os avisé de que os equivocabais
y no me hicisteis caso,
pese a eso os fui leal
hasta que negociasteis con Isabel
tras hacernos jurar
defender a vuestra hija,
y un Mendoza
nunca jura en vano.
Perdonad las formas,
alteza,
pero vuestra boda
es cuestión de Estado
y responsabilidad del rey.
Recordad: siete días.
¡Coged vuestra espada,
rápido!
Necesitamos a Castilla
de nuestro lado,
y para eso es preciso
que os caséis.
Ya os lo dije,
es hora de convocar las Cortes.
Los Pactos de Guisando
los firmó el rey
y tiene que cumplir
con su palabra,
con Pacheco o sin él.
¡Malditos Pactos de Guisando,
en qué hora los firmé!
¡Un rey manda, no cede!
Subtitulación realizada
por Cristina Rivero.
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NOTE STORICHE.
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NOTE STORICHE.
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