sabato 23 maggio 2020

tr18: Isabella di Castilglia- Capitúlo 3.

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Isabel - Capítulo 3


Isabel y Beatriz crecen y ya es hora de casarse. El problema es que no son ellas las que eligen marido ¿Podrá resistirse Isabel de nuevo a ir al altar con un hombre al que ni siquiera conoce? ¿Y su amiga? ¿Qué tramará en esta entrega Pacheco?
La guerra civil provoca el caos y la anarquía en una ya de por sí revuelta Castilla. El ejército rebelde, encabezado por Carrillo y Pedro Girón como brazos armados de Pacheco toman la iniciativa en la contienda.
Isabel sufre por su hermano Alfonso y por las ganas de éste de convertirse en lo que nunca fue: un soldado. Sólo el saber que junto a Alfonso se encuentra Gonzalo de Córdoba le da cierta tranquilidad. Mientras, en la Corte sigue el curso de la vida, a pesar de la guerra. Y Beatriz de Bobadilla es prometida en boda, sin su consentimiento a don Andrés Cabrera, mayordomo de Palacio.

Pronto Isabel sabrá que ella va a correr la misma suerte. Porque Enrique IV, rey poco amigo de las guerras, intenta llegar a un pacto para evitar un mayor derramamiento de sangre.
La 1

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No recomendado para menores de 12 años
Transcripción completa.
¡Aquí están nuestras exigencias, habrán de ser aceptadas!
¿Y si el rey se niega?
¡Entonces, tendremos derecho a decir que Enrique no es nuestro rey!
El pueblo espera de su rey autoridad y mando, majestad.
Y yo mando que habrá negociación.
El rey negociará; ha convocado una reunión en la Corte.
Aceptaré todas vuestras condiciones,
todas excepto una: Juana es mi hija y mi heredera.
Esto es innegociable.
Entonces, no hay más que hablar.
No queremos a nadie a nuestro lado. Será el doncel de vuestro hermano.
¿Doncel? Espía querréis decir.
He convencido al rey para que no os vigilaran por palacio
a cambio de que tengáis el doncel.
Si vais a seguirnos, nunca os acerquéis más de 20 pasos.
No habéis venido a negociar, ¿verdad, Pacheco?
¿Dónde está vuestro hermano? Su majestad.
¡Guardia! ¡Gua...!
¿Qué le habéis hecho a mi hija?
Nada, y nada le haremos a ella ni a vuestra esposa
si venís con nosotros de inmediato a Ávila.
Quieren que el rey firme, ¿verdad?
¿Si no, nos matarán?
Cabrera, retiraos, os lo ruego, la vida de mi hija y esposa peligra.
Ya no.
Matadme, y mis cronistas se encargarán de decir
que aprovechasteis reuniros conmigo para darme muerte.
Pacheco y Girón: el rey les ha dejado marchar.
Traigo buenas noticias. ¿Qué pasa?
El rey nos deja ir a ver a madre, nos vamos mañana al amanecer.
Expulsad a Beltrán de la Corte,
quitadle el cargo de maestre de la Orden de Santiago y os creerán.
Supongo que no será el único;
no creo que vuestro hermano traiga su ejército por nada,
¿qué le daremos a cambio?
A Isabel.
Para garantizar la paz futura proponemos la boda
del infante Alfonso con la princesa Juana.
¿Alfonso pasa a estar bajo nuestra custodia?
No habrá problema. De acuerdo, entonces.
En cuanto a Isabel, solicitamos que tenga casa propia en Segovia,
lejos de vuestra esposa.
¡Beatriz!
¡Vais a vivir conmigo!
Si la infanta se niega a casarse
el rey de Portugal no traerá su ejército a Castilla
y será el momento de dar el siguiente paso.
¿Habláis... de derrocar al rey?
Vuestro hermano y la liga de nobles os hacen saber
que no apoyarán vuestra boda
al suponer un incumplimiento de lo pactado con el rey.
Os quiero presentar a su alteza real, don Alfonso de Portugal.
Lamento que hayáis hecho un viaje tan largo para nada.
No está en mi ánimo casarme con vos.
¡Cómo os atrevéis a rechazar al rey de Portugal!
¿Qué os duele más que no quiera a un rey como marido
o que no quiera desposar a vuestro hermano?
¡No sabéis lo que se espera de una mujer de la familia real!
Que tenga más dignidad que la que vos tenéis.
¡Viva el rey Alfonso! -(Todos): ¡Viva!
Vienen tiempos difíciles, Beltrán, habrá guerra.
Ya me han informado sobre "la farsa de Ávila".
¿Puedo volver a contar con vos?
Siempre, majestad.
Subtitulado por Teletexto-iRTVE.
Perdimos Ávila a manos de Carrillo, Plasencia, Cáceres,
y Osma, que es de los Zúñiga.
Y Sevilla.
¿Sevilla? ¿Cayó el Alcázar?
Toda la Andalucía cristiana, majestad.
¿Qué apoyos nos quedan?
Santillana, Tendilla, Buitrago, Cuellar, Ledesma...
No es suficiente.
No, no lo es.
Podemos permitirnos más armas, más caballos, más hombres.
Las arcas menguan cada día,
sale mucho más que entra.
La guerra está acabando con las cosechas,
con la lana,
con los hombres.
Un rey no es un rey si no tiene nada que ofrecer,
y Enrique ya solo puede ofrecer su culo.
Y lo hace gustoso.
Pero eso no os interesa a los nobles de Castilla.
Solo al puto de Beltrán.
No le queda ya ni roña en las tripas.
Los Zúñiga sois señores de nuestra Andalucía,
vuestro ejército, monseñor, no tiene parangón en el reino
y mi hermano, Pedro Girón, no encuentra rival donde va.
"Ego te absolvo in nomine Patris et Filii et Spiritus Sancti".
(Grita).
¡La victoria es nuestra!
Fonseca, mandad comunicación al Santo Padre
y pedirle que obligue a los traidores
a deponer las armas. Pero señor...
Que despoje a Carrillo del arzobispado de Toledo,
que le retire el obispado de Burgos, el maestrazgo de Calatrava,
el de Alcántara.
¡Quiero que los excomulgue! No creo que eso...
(Grita): Haced lo que os mando, Fonseca.
Hay que acabar ya con esta guerra.
Nuestra gente no puede soportarlo más.
El humo venía del claro. -Las batallas son en campo abierto.
Por eso hay que evitar los claros. -¿Cuánto durará, padre?
¿La guerra? -Sí.
Lo que quieran los señores,
por eso no podemos más que escondernos y aguantar.
Y rezar. -Si eso sirviera de algo...
todos viviríamos en paz.
¿Cree que por San Isidro podríamos celebrar la romería?
¿Habrá acabado todo? -Ojalá, hija, ojalá.
Madre me está preparando un vestido suyo para las fiestas:
el rojo. -Habrá que verte.
Yo, personalmente, me muero de ganas.
Pero por San Isidro ya no estaremos aquí,
va a ser una pena.
Por favor, si necesitáis hombres llevadme a mí.
Créeme, hombres nos sobran, lo que nos faltan son mujeres.
Por... ¡Ah! -¡Padre!
(Grita): No, no, papá.
¡Papá! ¡Papá! ¡Papá!
(Reza en latín).
(Gemidos y llanto).
Os toca.
Por favor, por favor.
Vaya, salió brava.
¿Qué pretendes, tú contra los cuatro?
Mi daga.
¡Venga, vámonos!
¿Cuántas vidas le quedan a ese brial?
Más que un gato, me temo.
A quien se lo cuente... Hija y hermana de rey.
Debí perderme los buenos tiempos de las princesas.
Beatriz, os trajeron esto.
Es de mi padre. ¿Qué nuevas cuenta?
Las de mi casamiento.
Pero...
¿Cómo? ¿Con quién?
(Sorprendida): ¿Cabrera?
Os doy la enhorabuena, es un buen partido:
mayordomo de palacio, tesorero del rey;
a mí siempre me ha parecido una buena persona.
No digo que no lo sea, pero apenas le conozco.
Os he escuchado decir mil veces que os casaríais con quien eligierais
y soy de la misma opinión. Pues decídselo a vuestro padre.
Si queréis, os acompaño y hablo con él.
No, no quiero desobedecerle, se lo debo.
Además,
de compromisos y deberes también os he escuchado muchas veces.
¿Hay fecha? No.
Cabrera quiere hablar conmigo antes de hacerlo oficial.
Campanas
Así que su santidad no quiere ensuciarse las manos en Castilla,
¿no es así, eminencia? Así es.
Piensa que su deber es mantenerse neutral.
Su deber.
Su deber es no equivocarse en la apuesta.
Se puede llegar a Roma sin ser santo pero nunca siendo tonto.
Continuar esta guerra no hace más que adelantar las deudas de la Corte
y el dolor de mis súbditos.
Majestad, la otra opción sería admitir la derrota
y esa nunca debe ser una opción.
Quizás sí haya otra opción,
una opción que no pasa por el campo de batalla.
Me sorprende de vos que ya no seáis tan guerrero.
Cada momento tiene su estrategia, majestad,
y el saber reconocer los errores. De lo primero sabe mucho la Iglesia,
de lo segundo no tanto.
¿En qué consiste ese ungüento mágico, eminencia?
En lograr que el marqués de Villena vuelva a nuestro bando.
Pacheco, en nuestro bando
después de haber organizado esta guerra.
Depende lo que saque de ello,
siempre se mueve por su propio beneficio.
Y no es el único por estos lares. Con Pacheco siempre hay un precio,
pero mucho habría que ofrecerle.
Emparentar con la familia real. -¿Cómo?
Ofreciéndole casar a su hermano, Pedro Girón,
con la infanta Isabel.
Eso es imposible.
Majestad, no puede estar hablando en serio.
Juan Pacheco es el gozne que hace girar a nuestros rivales,
y su hermano el martillo que golpea nuestras tropas.
Si conseguimos atraerlos, majestad, no habrá más guerras.
Eso es cierto, siempre lo he tenido claro,
y vos me lo recriminabais cuando quería negociar.
¿A qué viene este cambio, Fonseca?
¿Teméis por vuestras posesiones en Sevilla, ahora que ha caído?
Queríais una solución; yo os he dado una.
Y nada descabellada, por cierto.
Majestad, qué lealtad cabe esperar de quien solo es fiel a sí mismo,
de quién ya os ha traicionado.
Beltrán, ya sé que Pacheco no es santo de vuestra devoción,
ni de la vuestra, supongo, Cabrera.
Tampoco lo es de la mía,
pero el bien de Castilla está por encima de todos nosotros.
Y pactaría con el mismo diablo por conseguir la paz.
Haced lo que tengáis que hacer, Fonseca.
¿Como en Sevilla? -Como en Sevilla.
Entre un converso y un cristiano viejo no lo dudéis:
el cristiano.
Que sepan que estamos con ellos,
que no les vamos a dejar en manos de los usureros.
Señores, ¿cómo va la campaña?
Mejor no podría ir, majestad.
¿Qué planes hay, qué villas se van a unir a nosotros?
Eso estábamos hablando. -Entonces, llego en el momento justo.
¿Puedo opinar sobre nuestra estrategia?
(Carraspea): Disculpad, alt..., majestad.
¿Qué órdenes le damos a vuestro hermano don Pedro?
¿Dónde está? -Volviendo de Jaén.
Muy bien, ¿y vuestro ejército, arzobispo?
Listo para partir a Simancas, majestad.
No os preocupéis,
tenemos buenos capitanes que saben lo que se hacen.
Ya, pero yo soy su rey, ¿no?
Por supuesto, y es por vos por quien combatimos,
¿no es así?
¿Por quién si no?
Continuaremos en otro momento.
Señores.
Majestad.
¿Quién se ha creído este pelele que es?
De momento, nuestro rey. -¡Eminencia!
Ahí os dejo con vuestro rey.
Eminencia, quería pediros algo. -Lo que deseéis, majestad.
Quiero unirme a vuestras tropas en Simancas.
Disculpadme, majestad, pero no creo que sea buena idea.
¿Acaso no me veis capaz?
Si algo os sucediera, perderíamos a nuestro rey.
Hombres para luchar hay muchos, pero rey solo uno.
Y vos no habéis entrado nunca en batalla.
La historia está llena de reyes que conducen a sus tropas;
reyes guerreros.
Y vos, sin duda, algún día lo seréis;
pero, por el momento, no tenéis formación con las armas.
¡Pues formadme!
¿Creéis que no me doy cuenta?
Vos, Pacheco, Zúñiga; todos me veis como un niño inútil.
Si me proclamáis rey, si lucháis por mí como rey,
¿por qué no me tratáis como un rey?
¿Por qué me tratáis siquiera como un hombre?
Majestad, sois mi señor, pedidme cualquier cosa, pero no esto.
No me perdonaría que algo os pasara.
Disculpad.
¿Aún no llegó?
Estáis espléndida,
don Andrés Cabrera es un hombre con suerte.
Sí.
Ya está aquí.
En fin, allá vamos.
¿Queréis que os acompañe?
No, ya que he de ir al matadero, prefiero hacerlo sola.
Cabrera es un buen hombre: es sabio y odia las injusticias.
No digo lo contrario,
pero ¿cómo se puede pedir que se ame a quien apenas se conoce?
Su padre es muy sensato; pensará que es lo mejor para ella.
Lo mejor para ella, sus intereses y negocios en la Corte.
Un matrimonio es un asunto demasiado serio
como para dejarlo en manos de una joven sin experiencia.
Sí, pero esa joven sin experiencia es la que luego compartirá votos,
vida y cama con el marido.
(Alza la voz): No será su padre el que se acueste con Cabrera
y de a luz a sus hijos; será Beatriz quien lo haga.
Y a ella nadie le ha consultado.
Ya lo demostré una vez: nunca me casaré con quien no elija.
No quiero pecar de pretencioso,
pero aunque vivimos tiempos difíciles,
puedo aseguraros que no os faltará de nada.
Soy mayordomo de su majestad, además de tesorero de Segovia y Cuenca.
Aunque supongo que eso ya lo sabréis. -Lo sabe mi padre, y con eso basta.
Sé lo unida que estáis a doña Isabel, y no pretendo separaros de ella.
Podéis seguir siendo su dama de confianza.
Como vos deseéis, mi señor.
¿Puedo?
Gracias.
En cuanto a nuestra casa, si vos me aceptáis como esposo,
debéis saber que seréis... -Mirad, don Andrés.
No tiene sentido seguir mareando la perdiz.
"Si vos me aceptáis"; llegasteis a un acuerdo con mi padre.
Yo no tengo nada que aceptar o dejar de aceptar.
Señora, me dirigí a vuestro padre
porque pienso en vos desde la primera vez que os vi.
Llevabais ropas menos lujosas, pero estabais tan hermosa como hoy.
Y teníais hambre.
Me... me pueden los dulces; es un defecto que no puedo evitar.
Vuestros defectos deben de ser maravillosos,
y no hay nada que más desee que disfrutarlos a vuestro lado.
Pero es vuestro sí el que quiero, no el de vuestro padre.
Tomaros el tiempo que necesitéis.
Y tanto si es un sí como un no, yo lo escucharé...
y lo aceptaré.
Tened clara una cosa: no iréis obligada al altar.
Conmigo no.
Señora.
Pacheco, bienvenido. Señor.
Me alegra teneros de nuevo en la Corte.
Vos me llamasteis; vengo a escucharos.
Creo que su eminencia
os ha informado de nuestro propósito.
Sí, pero aún quedan cosas por hablar.
Hablad, pues.
En privado, señor.
Os dejaré solos a los hombres.
No era por vos por quien hablaba, señora.
De todos modos no sería de ayuda.
Señora.
Majestad.
Y bien.
(Grita): Maldito sea.
Ruego me disculpéis, majestad.
No os disculpéis por tener sangre en las venas,
sois un hombre, reaccionáis como tal; es mi marido quien no lo hace.
Lo que el rey haga, bien hecho está.
Pobre Beltrán; sois tan leal como ingenuo.
O tal vez las riquezas que os ha dado el rey
os compensan con creces vuestros desvelos.
Beltrán. -Hablando de las cosas
que os ha dado el rey, ¿sois feliz con ella?
Señora.
Amor.
¿Acabó ya vuestra audiencia?
Aún no, espero, Pacheco está dentro.
Ya veo.
Mencía, dejémoslos solos.
¿Qué tal, querida, la vida de casada? -Maravillosa, señora.
Hum, no me cabe duda.
¿Os contaba la reina algo que yo deba saber?
No.
Pactamos que lo que supiera el uno lo sabría el otro;
sabéis que siempre cumplo mis pactos. -Sabéis que yo también.
¿No os parece suficiente mi oferta?
Vuestro hermano casaría con mi hermana,
por Dios, os estoy ofreciendo ser mi cuñado.
¿Qué más queréis? Quiero a Beltrán de la Cueva fuera.
Lo vuestro no acabará nunca. Cuando él esté fuera de la Corte.
No. En ese caso, no hay trato.
¿Vais a perder la oportunidad de ser familia de la Corona?
A lo mejor quien pierde la Corona es vuestra majestad.
Nuestro ejército es fuerte, nuestras arcas están llenas;
no tenemos ninguna prisa.
La guerra puede continuar.
Os estoy ofreciendo el final de la guerra,
la vuelta a la tranquilidad.
¿Y vais a decir que no por ese advenedizo?
¿Por él vais a dejar
que la pobreza y la muerte sigan arrasando Castilla?
¿Y qué hay de Alfonso?
Dejadlo de mi cuenta.
De acuerdo.
Yo se lo diré a Beltrán.
Sé que nada os daría más placer, pero no.
Vos encargaos de Alfonso y de vuestra gente,
yo me encargaré de la mía.
¿Ya tenéis fecha para vuestra boda?
Aún no sabemos si hay boda. -¿Por qué?
Pacheco acepta la oferta.
La guerra ha terminado.
Fonseca, enviad recado a Chacón que venga con Isabel.
Como mandéis.
¿Y si doña Isabel no acepta la boda?
Ya rechazó a vuestro cuñado, el rey de Portugal.
¡Cabrera! No es el mismo caso.
Está su hermano Alfonso implicado y no tiene otra opción;
tiene unos deberes.
Majestad. Sí.
¿Pacheco no ha pedido nada más?
No.
Parece que renta ser traidor.
Hijo, si el rey lo ordena, solo queda obedecer.
Por aquí.
Casado y con hija de rey. -Y heredera.
Si a su hermano Alfonso le pasara algo,
Dios no lo quiera,
Isabel sucedería a Enrique, y con Isabel, tú.
Esto no nos lo han regalado, hermano, no nos viene de cuna.
Lo hemos logrado nosotros: tú con esto y yo con esto.
No proclames la noticia
hasta que haya hablado con los nobles de la Liga.
Ten cuidado.
No bajes la guardia.
Tranquilo, estos vienen conmigo a todas partes:
al campo de batalla o a pedir la mano de esa niña.
¿Te van a acompañar también a su cama?
No, ahí no.
Ahí con mi lanza, me basta y me sobra.
¿Y vais a saber siquiera sostener una espada?
Tú, cógela.
¿Ni uno solo va a servir para luchar?
¡Yo!
¿Has empuñado arma? -He combatido.
¿Y dónde, si puede saberse?
En el bando equivocado, por eso estoy aquí.
¿No será que saliste corriendo?
Te estoy hablando, destripaterrones.
¿Por qué no le pruebas, Yago? Así veremos si es verdad lo que dice.
Cuando acabe con él solo va a servir a Pedro Botero.
Dejadlo, no tengo muchos como él.
Él hubiera acabado conmigo. -Ni lo dudes.
¿Y le hubierais parado a él igual que me habéis parado a mí?
¿Te llamas...?
Juan. -Como mi hermano.
Buena señal. ¿Por qué te cambias de bando?
Prefiero estar en el que gana. -Es de los nuestros.
A este quiero tenerle cerca.
En vez de servir a Pedro Botero vas a servir a Pedro Girón.
(Incrédula): Pedro Girón. Maestre de la Orden de Calatrava,
señor de Belmonte, Ureña, Osuna, Briones, Flechilla,
Morón de la Frontera... Le conozco, majestad.
No por sus cargos sino por sus desmanes:
intentó violentar a mi madre.
A veces es mejor mirar al futuro y olvidar el pasado.
Os intentó secuestrar.
Puso en peligro la vida de la reina y de vuestra hija.
¿Vos también lo habéis olvidado?
Pero, majestad, como vos acabáis de recordar,
es maestre de la Orden de Calatrava y ese maestrazgo exige castidad.
Ya; ha pedido la bula papal. Veo que lo tenía todo preparado.
¡Chacón!
Por favor.
Esta boda acabará
con el derramamiento de sangre en Castilla.
Alfonso e Isabel entrarán en mi línea de sucesión.
Pero mi hermano debe dar su consentimiento.
Lo dará, Isabel, lo dará; no os preocupéis por eso.
La pedida oficial se realizará en Ocaña,
no es seguro que Girón y su gente vengan a Segovia.
Hermana.
Recibid mi enhorabuena.
Mirad quién está aquí.
Mi niña.
Hola, ¿cómo estáis?
Vamos a la ventana que es bueno que os de el sol.
Majestad, pensadlo bien.
Esta boda es una condena para don Alfonso.
¿Condena? ¡Le nombro mi sucesor!
Rechazasteis a mi hermano, rey de Portugal.
Un rey os pareció poca cosa, ¿verdad?
Pues si hubierais aceptado entonces, ahora no tendríais esa cara.
(Llora): No puedo, no puedo dejar que ese hombre me toque.
Calma, mi niña, calma. Ya veréis cómo se soluciona.
¡No, no se va a solucionar!
Vos os casaréis con alguien a quien no amáis
y yo tendré hijos con el hombre que intentó violentar a mi madre.
Yo lo impedí entonces y lo impediré ahora.
Confiad en mí.
¿Veis? Todo se va a solucionar.
Perdonadme, pero creo que el arzobispo Carrillo tiene razón
es experto en el arte de la guerra, deberíais de hacerle caso.
Y vos sois mi doncel, debéis obedecedme a mí.
Yo solo quiero protegeros ante todo, majestad.
¿Por qué no me queréis enseñar? Sabéis de espada, puñal y lanza.
Y sé de vuestra maestría cuando salvasteis a mi hermana.
Sí, de quienes ahora son precisamente vuestros aliados.
¿Os molesta que sea vuestro rey con su ayuda?
No, majestad, solo quiero obedeceros. -Pues obedecedme.
¡Marqués!
Majestad, tengo prisa; me esperan en una reunión.
Creo que es mi obligación como rey entrar en combate.
Os honra ese pensamiento, es digno de un rey como vos.
Debéis preparaos para combatir.
El arzobispo Carrillo cree que es demasiado arriesgado.
Mi tío es de otra generación,
no cree a los jóvenes capaces de tomar sus decisiones.
Y vos debéis tomar las vuestras, por algo sois rey.
Pero nunca empuñó un arma. -Pues entrenadle.
Sois su servidor y vuestra obligación es obedecerle.
Me enorgullece que os comportéis como un rey
y como un hombre sin miedo.
Ahora, si me perdonáis. -Marchad.
¿Empezamos? -Cuando gustéis.
Y para esto hemos luchado.
Tenemos al rey puto en nuestras manos,
¿por qué hemos de aceptar ahora un pacto?
Porque ahora sí que le tenemos comiendo de nuestra mano,
¿no os dais cuenta?
Beltrán está fuera de la Corte;
fuera Beltrán, se acabó la rabia.
Volveremos a ser los que decidan en Segovia.
Nuestros ejércitos son los más fuertes:
los de Carrillo, Zúñiga, el de mi hermano;
tenemos lo que queremos
sin necesidad de gastar más dinero en armas ni hombres.
No perderemos más cosechas y más impuestos,
¿qué más queremos?
Pero Enrique seguirá siendo rey. -¡Qué más nos da quién sea rey!
No me digáis ahora que luchabais por Alfonso.
La sucesión es nuestra:
Alfonso, Isabel casada con mi hermano,
uno de los nuestros en el trono, ¿qué más se puede pedir?
¿Y los Mendoza?
Paso a paso.
¿Cuento con vos?
No.
Señor, creo que no os dais cuenta de lo que hacéis.
Pensad en don Alfonso: si se permite esta boda,
no será más que un obstáculo en el camino de Girón al trono,
y Pacheco lo tendrá todo pensado; no da puntada sin hilo.
No. Por Dios.
¿No veis que Alfonso está en peligro de muerte?
Pacheco no va a permitir que viva,
pudiendo ser rey su hermano al casarse con Isabel...
¡He dicho que no!
Bien, basta por hoy.
Todavía me valgo yo solo.
Se suponía que un Mendoza solo se arrodilla ante Dios
y ante el rey; ahora también ante los pintores.
¿Creéis que me place
ver al intrigante de Pacheco por la Corte?
Os aseguro que tan poco como a vos, pero los Mendoza obedecemos al rey,
y es necesario, por la paz de Castilla.
Os recomiendo que hagáis lo mismo.
Disculpadme, hago esto por proteger a don Alfonso.
Cualquier daño que se encuentre don Alfonso,
se lo habrá buscado él, por jugar a los reyes.
Pero si es un niño.
No soy hombre de pedir favores y jamás los pido para mí.
Me consta.
Pero hoy es la segunda vez que vengo a pedir vuestra ayuda
y las dos salgo igual que entré.
Algún día cambiarán las tornas.
Golpee con fuerza, alteza.
Arriba, majestad, golpee con fuerza.
Ya estoy golpeando, Gonzalo. -¡Pues más fuerte!
¡Más fuerte!
¡Vamos!
¡Atento al fondo y desarme!
¡Sí!
Renunciar al maestrazgo de Calatrava en favor de tu hijo,
qué valor tienes, hermano.
Quién mejor que en el propio hijo.
Y qué dicen los caballeros de que el nuevo maestre tenga 8 años.
No sé, estarán contentos, supongo.
Al menos saben que el voto de castidad lo cumplirá.
No como su padre.
Deja el vino, que todavía queda noche.
Yo ya exprimí la teta de la Orden todo lo que pude y más.
Les hemos sacado 200.000 fanegas, y ya seguiremos con Rodrigo.
Hemos llegado lejos, hermano; padre sería feliz.
Al final, no les ha quedado más remedio que aceptarnos,
han tenido que aceptarnos, han tenido que tragar con nosotros.
Por eso no tenemos que descuidarnos,
hay gente que no nos quiere en la Corte
y como no se atreven a ir de frente, nos pueden atacar por la espalda.
Disfruta y deja de preocuparte, que hoy estamos de celebración.
Ten cuidado, Pedro, en las casas, en los burdeles, en el campo abierto.
¿Y quién va a atreverse? ¿Alfonso?
Chacón, Beltrán, aunque ya no esté en la Corte.
Descuida, Juan, mis hombres están siempre conmigo.
Me los llevo a Ocaña a la pedida de mano.
¿Y qué tal será Isabel en la cama?
¿Será más dispuesta que la loca de su madre?
Muy caliente no se la ve.
Pues que vaya calentándose.
En el castillo tengo un calabozo cerca del dormitorio,
para que recapacite.
Me marcho, mañana tengo asuntos temprano
y veo que vos los vais a tener ahora.
Buenas noches, hermano. -Buenas noches.
No sabes cuánto me alegro de que acabe mi voto de castidad.
(Chista).
¿Qué pasa, qué hacéis vestida? Voy a ver a mi hermano Alfonso.
¿Qué? Voy a hablar con él,
es el único que se puede oponer a mi boda con Girón.
¿Estáis loca? Cómo vais a ir hasta Ávila.
Hay bandidos, soldados y batallas de ambos bandos,
y lobos.
¿Y Chacón? Dijo que él se encargaría.
Chacón no puede hacer nada.
Esto es una locura. Beatriz: locura o no, voy a ir.
¿Venís o no?
Ya lo tenéis.
No huele a nada. -Ni sabe, ahí está su mérito.
¿Pero funciona?
La mitad de la mitad de lo que os lleváis
puede acabar con un caballo.
Pero si queréis pasar desapercibido, os recomiendo usarlo poco a poco.
¿No lo descubrirán los cirujanos? -¿Cirujanos cristianos?
Aunque matarais a un hombre de un hachazo en la cabeza,
un cirujano cristiano sería incapaz de averiguar la causa de la muerte.
Espero no tener que volver a veros.
Yo, de hecho, no recuerdo haberos visto nunca.
¡Alto! ¿Quién va?
Señora.
Os alistasteis para luchar
y ha sido venir vos y acabar la guerra.
Ya veis, traigo buena suerte.
No creáis, depende de donde estéis, la guerra no es tan mala.
Lo que yo he visto no es que sea de mucha alegría.
Porque no estabais junto a don Pedro.
Tenéis en alta estima a vuestro señor.
Es el mejor de los señores,
siempre cuida de sus hombres
y cuando hay ganancia, la hay para todos.
Ya ves por qué siempre le tengo a mano:
me gusta que me adulen.
Tú, campesino, quiero tenerte cerca.
Yago, que tenga siempre una arma en la mano
y que no se aleje 10 pasos de mí.
¿Veis?
Aun cuando vuestro hermano quiera impedir la boda,
¿podrá hacerlo?
Pacheco y Girón le tienen como rey, por lo menos le escucharán.
Y si él se niega al acuerdo... ¡Alto!
¡Qué hacéis! ¡Qué queréis! Por de pronto, los caballos.
(Grita): Ni se os ocurra.
Soltadme, soltadme.
(Llora): Señora.
Soy Isabel de Trastámara, hija del rey Juan,
hermana del rey Enrique y del rey Alfonso.
¡Dejadnos marchar antes que sea demasiado tarde!
(Llora): No. -¡Eh! Sus ropas son buenas.
Quitádselas, no las van a necesitar.
Soltadme. -¿Qué haces?
¡No! Ay, señora.
No serás hija de rey, pero eres igual de orgullosa.
¡Quítale la ropa! (Grita).
¡Tirad vuestras armas!
Señora.
Gracias, Cabrera.
No hay por qué.
Subid a vuestras monturas
y permitidme que os acompañe de nuevo a casa.
¿No os parece una buena noticia el fin de la guerra?
Sí, claro que sí.
Pero ya no seré rey. -Lo seréis.
Don Enrique os ha nombrado su heredero,
él mismo lo ha firmado de su puño y letra.
Por delante de su hija Juana estaréis vos y vuestra hermana.
¿Isabel también? -Detrás de vos.
Y además se casará con mi hermano, Pedro Girón,
uno de los mejores partidos de Castilla.
Vos debéis dar vuestro consentimiento.
No sé si debo hacerlo.
Don Pedro es señor de varias villas,
y renuncia a ser maestre de la Orden de Calatrava
para casarse con vuestra hermana. -No es eso, Pacheco, es...
que ya no seré rey.
Sois joven,
tendréis tiempo suficiente para reinar.
De momento os formaréis, como estáis haciendo ahora,
conoceréis la Corte y gobernaréis un reino en paz,
no dividido como ahora.
No penséis que dais un paso atrás.
No. -No.
Y os lo voy a demostrar.
Es...
Vuestra.
La Orden de Santiago, y vuelve a vos como maestre.
Como quiso vuestro padre.
¿Consentís, pues, el acuerdo y boda?
Sigamos luchando.
Dejadla, no la toquéis.
Gonzalo, hoy tendréis el honor de ser derrotado
por el gran maestre de la Orden de Santiago.
¿Qué hacéis?
Pelead.
¿No queríais pelear como un hombre?
Pues hacedlo.
Es por mi hermana, ¿no?
(Grita): ¿Es por Isabel?
¿Es que seguís sin saber cuál es vuestro sitio?
¡Dejadme!
No sé cómo agradeceros lo que habéis hecho por nosotras,
pero queríamos pediros otro favor. No os preocupéis.
No diré ni una palabra de los sucedido a nadie.
Pero, a cambio debo pediros también algo.
¿Me aseguráis que no volveréis a hacer una locura así?
Prometido.
De todos modos, veo que vos tenéis cien ojos.
No se puede tener menos estos días en Castilla.
Y ahora si me disculpáis, señoras.
Don Andrés. -Señora.
Disculpad que no os haya dado respuesta aún.
No, no tengo prisa.
Prefiero de vos un sí tardío y sincero
que un sí pronto y forzado.
¿Creéis que lo dirá en la Corte?
Creo que podéis confiar en él, señora.
¿Y vos, empezáis también a confiar en él?
Yo...
¡Aaag!
¿No se os pasa la molestia en la garganta?
Voy a tener que pedirle la mano a Isabel por señas.
Señora, quisiera pedir su mano, ya sabéis vos para qué.
Maldita garganta, es como si me quemara.
Es el polvo del camino, señor, que hace meses que no llueve.
Probad con el caldo, siempre vino bien para la garganta.
Yo os lo traigo.
Mirad, mirad.
Cigüeñas.
¡Ya basta! ¡Basta de cuentos de viejas!
¿Qué mal presagio puede haber para la batalla?
¡Si no hay batalla!
(Grita): No hay nada que temer, ¿me oís?
¡En marcha!
¡Se acabó el descanso, arriba!
¡Joder!
¿Y tú no crees en presagios?
A mí no ha de matarme una cigüeña.
¡En marcha!
Debéis escoger una fecha de luna llena para la boda.
La luna llena favorece la fertilidad y eso, creedme, es fundamental.
Bueno, ahora que lo pienso,
vos no vais a tener ese problema con vuestro marido.
Él ya tiene cuatro hijos...
¿Cuatro hijos? Sí, ¿no sabíais?
Alfonso, Rodrigo, Juan y María,
la madre es una dama encantadora, doña Inés.
Pero la orden de Calatrava exige castidad a su maestre.
Querida, en Castilla las reglas se hicieron para incumplirlas.
Eso es porque no hay quien que las haga cumplir.
Deberíais conocer a doña Inés,
a lo mejor os puede dar algún consejo sobre los gustos de don Pedro.
Aunque quizás, él prefiera tenerla como hasta ahora:
en casa, con los niños.
Hay hombres vigorosos, tenéis la suerte de llevaros a uno.
¡Ay! tengo algo para vos, probádselo.
No es necesario. Probádselo.
Ahora sí.
Ahora sí que parecéis una novia,
preparada para entregaros a vuestro marido.
Os deseo que este velo os de la misma suerte en vuestro matrimonio
que me está dando a mí en el mío.
(Admirado): Hermana, estáis preciosa.
Majestad, ¿podríais concederme un momento?
Claro, Isabel, acompañadme.
Y bien, ¿de qué queréis hablarme?
Majestad, debéis permitirme ir a hablar con mi hermano.
¿Por qué, algún problema?
No puedo casarme sin su consentimiento,
eso podría ocasionar un problema más adelante,
necesito hablar con él. No, no será necesario.
Como veis, está al tanto de todo. ¿Y está conforme?
Ahí está su firma.
(Reza en latín).
Dormid, señora, yo no puedo.
¿Rezáis para que todo se arregle? No hay arreglo posible.
Dios me perdone. ¿Y por qué ha de perdonaros Dios?
Porque le rezo para que me haga morir.
No digáis eso.
Que permita que yo muera ya que Girón no lo hace,
que muera yo antes de que me toque un cabello.
No está Dios para permitir una maldad tan grande.
No mientras yo viva.
Os juro que con este puñal le quitaré la vida
en cuanto llegue a Ocaña.
Despertad, deprisa.
Guardad eso.
¿Qué sucede?
El señor está muy enfermo: tiene fiebres altas.
Hay que llevarle sin tardar a ver a un cirujano.
¿Un cirujano dónde?
A Villarrubia, es lo más cercano y es tierra de Calatrava.
Apurad, por todos los diablos.
(Grita).
Abrid la boca, señor.
Tengo que llegar a Ocaña. -¡Sujetadle!
¡Tengo que llegar a Ocaña! -Sujetadle.
¡Soltadme, hijos de Satanás! -Abridle la boca.
Abridle la boca.
Tiene la peste negra.
Dios santo, ¿cómo va a ser la peste negra
si somos muchos los que le acompañamos?
¿Solo la tiene él?
Tiene abscesos en la garganta, no hay duda.
Villarrubia es tierra plagada de conversos y marranos,
¿vos sois de fiar, sois cristiano de sangre limpia?
Hasta donde recuerdan mis familiares más viejos,
todos nuestros antepasados fueron cristianos.
Disculpad,
si sois cirujano cristiano, me vale.
(Grita): Me cago en Dios. -Ruego le disculpéis.
Es el delirio propio de la enfermedad.
Cuarenta y tres años, cuarenta y tres;
¿y no podéis esperar cuarenta días?
Cuarenta días solo a que cumpla mi cometido:
que case con la infanta.
¡Toda una vida luchando para morir como un grande
y me vais a dejar en las puertas!
(Grita): En mil cruces más deberían haberte clavado,
judío hijo de ramera.
(Tose).
Si baja la fiebre y pasa la noche, puede que viva.
Avísenme si empeora.
Yo me quedo con él.
Y yo con vos, compañero, y yo con vos.
(Rezan en latín).
(Susurra): Yago, Yago.
Señor.
Si muero... -No digáis eso.
Tomad mis alhajas y monedas
y repartidlas entre vos y mis caballeros.
Bastantes riquezas dejo ya a mi familia.
Aguante, señor, que ya pronto despuntará el alba.
¡Yago, despertad!
(Tose).
¡Se ahoga! ¡Corred a por el cirujano!
¡Corred, yo me quedo con él, corred!
No culpéis a Dios, señor, él no tiene nada que ver con esto.
La mitad de esto está dentro de vos.
(Estertor). -Tomaos el resto.
Abrid la boca, tomaos el resto.
Ya, ya, ya...
Y recordad esto en el infierno:
no es Dios quien os quita la vida, soy yo, hijo de las mil putas.
(Grita): Ayuda, no respira, don Pedro no respira.
¡Ayuda!
¡No respira!
Yo, Juan Pacheco, hago saber a la Orden de Calatrava
que ante la pérdida de don Pedro Girón,
actuaré como tutor de su hijo,
el maestre don Rodrigo Téllez Girón.
Que preparen mi guardia para ir a la Corte en Segovia,
quiero ver sus caras,
quiero ver la cara del asesino de mi hermano.
Dejadme solo.
Y vos, ¿habéis decidido ya qué vais a contestar a Cabrera?
No puedo abandonaros, no ahora.
Os lo agradezco, pero no debo arrastraros en esto.
Disculpad.
Ah, don Gonzalo.
¿Vais para Ocaña? Sí.
Algo ha debido ocurrir, nos llaman a la Corte con urgencia.
Señor, don Pedro Girón, señor de Belmonte,
señor de Ureña,
maestre de la Orden de Calatrava,
y hermano mío,
ha muerto.
(Tartamudea): ¿Cómo sucedió?
Peste negra. -¿Peste negra?
Marchaba camino de Ocaña para pedir la mano de la infanta,
la muerte negra sobrevoló a sus hombres
y solo se lo llevó a él.
Al mejor de todos.
Era un gran hombre y un gran castellano.
Os acompaño en vuestro dolor.
Gracias, señor.
Toda la noche,
toda la noche recé a Dios para que impidiera la boda.
Pues esta vez os ha escuchado.
¿Qué sucede? No hay boda.
Girón ha muerto. ¡Es un milagro!
¿Qué ha ocurrido?
Contádselo vos, Chacón, que lo sabréis de primera mano.
No sé de qué habláis, dijisteis que fue la muerte negra.
No os riais de mí.
¿Solo a él? Qué oportuno.
Un milagro, sin duda, solo que yo no creo en milagros.
Quizá deberíais. Yo avisé a mi hermano:
"hay gente que no nos quiere en la Corte
y como no se atreven a ir de frente, atacan a traición".
¿Por qué lo hicisteis, por ella?
¿Por su hermano,
un niño que se empeña en ser un rey de retablo?
Os confundís, marqués, yo no soy como vos.
No, no lo sois; vos sois como los putos,
que les gustan dar por detrás y no dan la cara...
si no les obligan.
(Grita). ¡Marqués!
No os amparéis en una niña,
sed un hombre por una vez en vuestra vida.
No puedo decir que lo sienta. -No sois el único.
¿Y ahora, qué?
Si esa boda era para acabar con esta guerra,
ahora que no hay boda...
Que alguien ayude, por Dios. -¿Qué os ocurre?
Pacheco quiere matar a Chacón.
¿Qué tengo que hacer para que deis la cara?
Empezad por bajar esa espada.
Puede que la muerte negra hiciera la justicia
que los hombres no se atrevieron a hacer con vuestro hermano.
¡Marqués, os ordeno que depongáis el arma!
(Grita): Bajad el arma, Pacheco.
¿Qué hacéis vos aquí?
Esta es mi casa. -Estáis expulsado de la Corte.
Solo el rey puede expulsarme
y si no lo ha hecho, no vais a ser vos quien lo haga.
Nunca,
nunca el rey pensó en cumplir su parte del pacto.
Nunca pensó cumplir su palabra,
nunca iba a echaros de la Corte ni iba a permitir la boda.
Mintió. -No consiento que se dude del rey.
No tengo nada que cumplir con quien no cumple su palabra.
¿Sabéis qué significa eso?
Me temo que sí.
Para nada, todo esto no ha servido para nada.
¿Es que este reino nunca podrá vivir en paz?
Cabrera, aseguraos de que Isabel vuelve a su casa
y de que nadie pueda contactar con ella.
Beltrán. Majestad.
Volved a preparar a vuestros hombres,
hablad con vuestro suegro y que prepare también sus tropas.
Como ordenéis.
Y... sé que será difícil,
pero enviad emisarios adonde pueda haber
un noble en Castilla que esté con su rey.
Y... que piense que su rey soy yo.
Majestad. ¿Sí, Beltrán?
¿Confiáis en mí, majestad?
En nadie confío más.
Al final os van a obligar a comportaos como un rey.
Pacheco sospecha que Chacón está tras la muerte de su hermano,
y Alfonso está en sus manos.
Pero Alfonso consintió vuestra boda, estuvo de cuerdo con Pacheco en eso.
Además, recordad vuestros miedos ante la boda.
Alfonso era el único obstáculo entre Girón y el trono,
eso era su sentencia de muerte.
Tenéis razón.
¿Y vos? ¿Qué?
¿Cuándo vais a darle el sí a Cabrera?
El pobre hombre está en ascuas, sufriendo sin razón.
¿Y por qué pensáis que será un sí lo que le de?
Pues porque os ponéis roja como la grana
cada vez que se toca el tema.
Es vuestro. (Ríe): Muchas gracias.
Señora,
¿creéis que fue la peste negra la que se llevó a Girón?
No. Entonces, ¿quién fue?
Bien, pues ya está.
Sí, ya está.
Él ahora también está muerto,
pero eso no nos devuelve a tu hermana.
No.
¿Te sientes mejor?
No.
Pero lo volvería a hacer mil veces.
¿Qué vas a hacer ahora?
Vuelvo a Segovia, la guerra empieza otra vez.
Hace calor.
Ya pronto será San Isidro.
Ande, traiga padre.
De Cuellar a Medina del Campo
lo más seguro es intente cortarnos aquí, en Olmedo.
(Grita).
Pacheco está ahí fuera y mi esposo dirige nuestras tropas,
así que no me digáis que no van a entrar.
No pienso salir de Segovia
sin saber quién dio la orden de matar a mi hermano.
No penséis en la mano que vertió el veneno,
sino en quién le mandó envenenar.
¿Y esa herida? Nada grave.
Soy el rey,
y debo hacerme respetar como rey y como hombre.
¡A su muerte!
¡Heredar la cruz en la Orden de Santiago a su muerte!
Nunca hay que menospreciar a los ejércitos de Carrillo.
Ni los de Pacheco, ha vuelto al bando rebelde.
¿Estáis de nuestro lado o no?
Lo estoy.
¡Chacón! Monseñor.
¿Y Alfonso?
Tenéis que salir a proclamar la victoria.
Me cuentan que el combate fue igualado,
pero que nuestras tropas fueron superiores.
Exige la custodia de Isabel y de vuestra hija.
Ya eres casi un hombre.
Madre, soy un hombre, soy el rey.
¡No, no, jamás!
¿Y cuál es la estrategia ahora, pues?
Segovia, señor.
Tu, mi niña, ¿casaste ya?
Supongo que pensáis en vuestro hermano
y no en mi esposo.
Rezo por ambos, y rezo por Castilla.
Me gustaría que tuvierais más fe en mí.
¿Qué fe voy a tener en vos?
¡Decidle a vuestro señor que me ha mentido,
que me lo prometió!
¿Cómo osáis amenazarme? Soy el legado del Santo Padre.
Y esto es Castilla,
y los castellanos no solemos aguantar impertinencias.
¿Pueden tomar Segovia?
No voy a ir,
¿qué es lo que debo temer, que mi hermano me haga prisionera?
Hay que cercar la ciudad y volver a tomarla,
todavía tenemos partidarios dentro.
Me temo que la mayoría de ellos han muerto.
Me debo a la Corona, a Castilla.
Pues te equivocaste, como hermano y como rey.
Quiero proponer un brindis por nuestro joven y valeroso rey.
Por nuestro rey. -¡Por el rey!
Tomad el mando de la situación, tomad la iniciativa,
tomad decisiones.
¡Majestad!
Subtitulación realizada por Cristina Rivero.
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